ABC
En una de las escenas de ' Margo tiene problemas de dinero' aparece una joven madre, sin dinero y con un bebé en brazos, descubre que puede pagar el alquiler comparando ciertas partes del cuerpo masculino con personajes de Pokémon en OnlyFans. En 'Industry', una recién llegada a un banco de inversión londinense vomita en el baño después de una jornada interminable y vuelve inmediatamente a su mesa para seguir trabajando. En 'Euphoria', Rue abre la serie confesando que no cree haber nacido para este mundo. Son escenas distintas, tonos opuestos y personajes que probablemente nunca compartirían espacio. Pero las tres series parecen estar hablando de lo mismo: una generación que ya no espera demasiado del futuro y que, mientras tanto, aprende a sobrevivir como puede. No es casualidad que muchas de las ficciones más comentadas de los últimos años hayan empezado a girar alrededor de personajes jóvenes exhaustos, endeudados, emocionalmente rotos o atrapados en dinámicas de autoexplotación. No es nuevo, en ' Friends ' ya veíamos como Rachel Green empezaba la serie trabajando como camarera en el Central Perk después de abandonar a su familia y su vida acomodada. Tampoco es casual que casi ninguna de ellas plantee una solución clara. Lejos de los relatos clásicos sobre el ascenso social o el éxito profesional, o un tono ligero para hablar de la precariedad, hay parte de la ficción que intenta retratar un presente mucho más incierto, donde el trabajo ya no garantiza estabilidad, el talento no asegura recompensa y la identidad termina convertida en algo que también hay que rentabilizar. En ' Industry ', creada por Mickey Down y Konrad Kay a partir de sus propias experiencias en el sector financiero, la oficina de Pierpoint funciona como una maquinaria de desgaste. Sus personajes, Harper, Yasmin, Robert o Eric viven permanentemente sometidos a la lógica de la productividad extrema: jornadas infinitas, presión constante, relaciones atravesadas por el interés y una sensación de reemplazo inmediato. Entran en un sistema que en teoría representa el éxito, pero lo viven como algo hostil, inestable y profundamente deshumanizante. La ambición ya no está romantizada, sino que es una necesidad casi defensiva. La serie nunca presenta el mundo de las finanzas como una aspiración glamourosa, pese al dinero y los excesos. Más bien al contrario. El trabajo aparece como una forma de supervivencia feroz en la que nadie parece sentirse realmente seguro. Incluso cuando ascienden, los personajes siguen actuando como si estuvieran a punto de perderlo todo. Esa ansiedad adopta otra forma en 'Margo tiene problemas de dinero', la adaptación de la novela de Rufi Thorpe desarrollada por David E. Kelley para Apple TV+, que este miércoles cierra su primera temporada. Margo no entra en un entorno competitivo: directamente descubre que no hay estructura que pueda sostenerla. Embarazada tras una relación con un profesor casado, sin ingresos estables y con dificultades incluso para acudir a entrevistas de trabajo con su hijo pequeño, termina recurriendo a una plataforma de contenido para adultos como salida económica. Pero la serie evita convertirlo en un descenso trágico o en una provocación moral. Margo entiende muy rápido que lo que está vendiendo no es solo sexo, sino una personalidad. Construye un personaje, 'Hungry Ghost', diseña estrategias para fidelizar suscriptores y debate incluso cuándo hacer su 'vag debut', tratado casi como el lanzamiento de una marca. OnlyFans aparece así no como una excepción, sino como una extensión lógica de ese ecosistema en el que la intimidad se convierte en fuente de ingresos. En 'Euphoria', Cassie recurre a la plataforma para pagar los 50.000 dólares en flores que necesita para su boda con Nate. Esa misma sensación de precariedad estructural atraviesa también 'Yo siempre a veces', la serie creada por Marta Loza y Marta Bassols para Movistar Plus+. Laura, su protagonista, se queda embarazada tras una relación impulsiva y, pocos meses después del nacimiento de su hijo, ya afronta prácticamente sola la crianza. La serie la sigue mientras pasa por pisos ajenos, vuelve temporalmente a casa de sus padres y enlaza trabajos mal pagados que nunca terminan de darle estabilidad. En uno de los episodios empieza a trabajar como dependienta en una tienda de electrodomésticos; en otro hace extras en un chiringuito de la Barceloneta mientras busca desesperadamente un nuevo lugar donde vivir. La idea de que el yo también se ha convertido en trabajo atraviesa muchas de estas ficciones. En 'Industry', los personajes interpretan constantemente una versión mejorada de sí mismos: más agresiva, más segura, más fría. En 'Euphoria', esa construcción pasa por la exposición más estética. Los personajes de Sam Levinson viven observándose y representándose continuamente, como si su identidad dependiera de la mirada ajena. Son cuatro formas de ver la vida, cuatro formas de afrontarla y cuatro formas de contarla. Si 'Euphoria' opta por lo exagerado, lo trágico y sensorial (el exceso, dolor y colapso), ' Industry' encuentra su lenguaje en la tensión fría y el cinismo corporativo . 'Margo tiene problemas de dinero', en cambio, introduce humor, ternura e incluso cierto optimismo dentro de una situación profundamente precaria. En 'Yo siempre a veces' aparece otra tonalidad distinta: una especie de comedia agridulce que convive constantemente con el agotamiento. La serie no idealiza la maternidad ni convierte a Laura en una heroína ejemplar. Sigue teniendo deseo, contradicciones, ganas de escapar y momentos de desconexión incluso mientras intenta sostener una vida que se le desordena continuamente. Y las cuatro coinciden en algo esencial y es que ninguna plantea un horizonte especialmente estable para sus protagonistas. Lo máximo a lo que aspiran muchos de ellos no es a triunfar, sino a mantenerse a flote. Esa ausencia de horizonte afecta también a la forma en que se relacionan con los adultos . En estas series, los padres, mentores o figuras de autoridad suelen aparecer desbordados, ausentes o incapaces de ofrecer respuestas. En 'Euphoria', los adultos observan a los adolescentes con desconcierto o impotencia. En 'Industry', los jefes replican la misma violencia estructural que ellos padecieron antes. Y en Margo, tanto la madre de la protagonista como su padre, un exluchador profesional recién salido de rehabilitación, cargan con sus propios fracasos y contradicciones. Nadie parece tener realmente el control de nada. Y otra cuestión. Aquí no hay juicios tajantes. Estas series no convierten automáticamente a sus personajes en víctimas ejemplares ni en advertencias morales. Rue consume drogas y destruye relaciones, pero la serie nunca la reduce únicamente a eso. Harper manipula, traiciona y actúa de manera despiadada, pero 'Industry' tampoco la condena desde fuera. Margo monetiza su cuerpo en internet y aun así la serie insiste en mostrar su inteligencia, su capacidad de adaptación y las contradicciones que atraviesan su decisión. En 'Yo siempre a veces', Laura tampoco responde al modelo clásico de madre abnegada. Sus creadoras la alejan de la 'mala madre' como de la figura idealizada de la maternidad sacrificada para mostrar, simplemente, a una mujer atravesada por sus propias precariedades y deseos. Son personajes incómodos, contradictorios y, precisamente por eso, reconocibles. En el fondo, lo que estas ficciones parecen compartir es una idea muy concreta del presente: la sensación de que las estructuras tradicionales ya no ofrecen demasiada seguridad y de que cada uno tiene que improvisar su propia manera de sobrevivir. Ya no hay grandes relatos sobre el futuro ni demasiada confianza en las instituciones. Lo que aparece, en cambio, son jóvenes intentando convertir cualquier cosa –su talento, su imagen, su cuerpo, incluso su dolor– en algo útil para seguir adelante. Son series, además, abrazadas por los jóvenes y quizás no porque ofrezcan respuestas, sino porque rara vez fingen tenerlas. Entre la crudeza apocalíptica de 'Euphoria', el cinismo de 'Industry' y la inesperada calidez de 'Margo tiene problemas de dinero' se dibuja una misma intuición generacional: la de quienes han aprendido demasiado pronto que el sistema no va a rescatarles y que, mientras tanto, toca seguir inventando maneras de llegar al día siguiente.
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