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Hemos olvidado para qué sirve el poder
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Hemos olvidado para qué sirve el poder

Más allá de las acusaciones, del «y tú más», de las investigaciones parlamentarias, y de los resúmenes noticiosos de otro funcionario socialista que cae en desgracia, una abismal corrosión está carcomiendo el alma de la democracia española. Las crisis éticas que envuelven al Gobierno son una implosión filosófica, una patología psicológica y un desmoronamiento social. Para entender la España actual hay que abandonar el lenguaje del derecho y entrar en el reino del espíritu. Durante dos décadas, el socialismo español se definió por un marco moral claro: igualdad, transparencia y compromiso con la virtud republicana, así lo comprendíamos los socialdemócratas. Hoy tenemos, sin embargo, un partido gobernante que ha abandonado silenciosamente la ética deontológica en favor de un consecuencialismo crudo y sin complejos. Cuando los informes solicitados por el sistema judicial situaron a los más altos cargos de ese partido en el centro de una red de corrupción en la era de la pandemia, la respuesta inicial del presidente del Gobierno, al último de ellos, fue la demora. Cuando la evidencia se volvió innegable, obviando la necesaria censura moral, ofreció tan solo una disculpa formulada como un arrepentimiento por una mera cuestión de confianza: «El PSOE y yo no deberíamos haber confiado en él». Es el lenguaje del error estratégico, no del fracaso ético. El cambio filosófico es sutil pero sísmico. En el nuevo universo moral socialista el único pecado es quedar atrapado, la única virtud es la supervivencia. Cuando los fines se centran solo en retener el poder, los medios se pudren inevitablemente. España está asistiendo a la muerte de la ética de las virtudes políticas, que está siendo sustituida por un maquiavelismo con ropajes progresistas. Martha Nussbaum escribió que las democracias requieren «el cultivo de la humanidad». ¿Qué sucede cuando un partido gobernante deja de creer que su propia conducta modela la savia buena? Lo que queda es simple gestión y, en última instancia, el cínico desprecio de los gobernados. Los escándalos han expuesto un patrón de mecanismos de defensa psicológicos que operan en los niveles más altos del Estado. La invocación reiterada de la guerra legal no es una estrategia política, sino un mecanismo de defensa freudiano mediante el cual los fallos internos se proyectan sobre enemigos externos. Cuando el presidente del Gobierno , tras la imputación de su esposa, suspendió cinco días su agenda pública, en abril de 2024, para reflexionar sobre su futuro, no se presentó como un líder comprometido, sino como víctima de una estrategia de acoso. El movimiento psicológico es extraordinario: el acusado se convierte en agraviado y el fiscal, en el perseguidor. Esta narrativa se limita a brindar alivio emocional a los leales al partido. El nuevo socialismo español está mostrando disonancia cognitiva. El partido que defendió el rigor feminista ahora lucha por despedir a los acosadores, el que luchó contra la corrupción ahora no la combate intensamente. Para resolver la tensión entre la autoimagen y la realidad, la mente colectiva realiza una serie de acrobacias: los escándalos son aislados, no sistémicos; los investigadores están sesgados; las víctimas son oportunistas. Cada mecanismo de racionalización requiere más energía que el anterior. Falta cualquier evidencia de emociones morales: vergüenza, culpa, compasión, remordimiento. Mientras fluían millones en comisiones a los miembros del partido, muchos ciudadanos se vieron privados de los suministros médicos durante la pandemia. La ausencia de tales emociones no es un fracaso político, es un fracaso psicológico que sugiere una casta de líderes distanciados de los ciudadanos a quienes dicen servir. Las consecuencias sociales de esta crisis son visibles en la capilaridad de la vida cotidiana. Según el CIS la confianza en los partidos políticos ha caído al 18 por ciento, el nivel más bajo desde el movimiento de los indignados de 2014. Tras las frías estadísticas los ciudadanos dejan de creer que la alternancia es posible, se retiran de la vida cívica y el contrato social se disipa en una niebla de indiferencia. Existe polarización del juicio moral, pues se han eliminado los estándares básicos de conducta política en los diferentes niveles. No existe una realidad moral compartida, sólo narrativas en competencia. Es la rúbrica de una sociedad en fragmentación ética. El filósofo recientemente fallecido Jürgen Habermas , en relación con su concepto de Lebenswelt o mundo vital, argumentó que la democracia depende de significados compartidos, convicciones y confianza plena. Así, cuando el liderazgo político corroe ese mundo de vida, la esfera pública degenera en un campo de batalla de la comunicación estratégica. Y eso es en lo que hemos convertido España, un país donde una buena parte de los ciudadanos ya no debaten sobre el bien común, sino que luchan para que su versión del escándalo sea aceptada como verdad. La actual crisis ética del país es tan resiliente no solo a un único fracaso sino también a estas tres dimensiones: el abandono filosófico de la ética de la virtud, según la cual el fin justifica los medios, permite la negación psicológica –somos las víctimas, no los perpetradores–. La negación psicológica produce cinismo social, todo el mundo es corrupto, entonces, ¿por qué preocuparse? El cinismo social, a su vez, reduce el costo electoral de nuevas violaciones éticas, lo que refuerza la indiferencia filosófica. El bucle gira sin cesar. Si hay esperanza, esta reside en la misma dinámica entrelazada. Una renovación filosófica, centrada en que el liderazgo político es una vocación moral, dotada de recursos psicológicos: compasión, humildad, vergüenza, capacidad de disculparse, y con un entorno social que, en lugar de resignarse al cinismo, exija cada día rendición de cuentas. Solo así se podría romper el bucle. El presidente del Gobierno ha demostrado ser un maestro de la supervivencia política, pero esto no es lo mismo que liderar. Las crisis éticas que consumen los gobiernos no son síntomas de una enfermedad profunda del significado, de la mente, del sentimiento y de la confianza colectiva. Mientras no afronten estas dimensiones filosóficas, psicológicas y sociales, ningún juicio, ninguna dimisión, ningún resultado electoral, restaurarán lo que se ha perdido. Desde mi lado optimista quiero y deseo creer que los pueblos despiertan pacíficamente y se elevan por encima de sus líderes.

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