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Entre los 18 y los 22, año arriba año abajo, fui voluntaria en una entidad de personas con discapacidad intelectual. Cocinábamos juntos, salíamos por ahí, hacíamos teatro y hablábamos. Aprendí mucho y lo pasé bien. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Poco más. Una noche, mientras trataba de ligar con un chico malote y de barba descuidada en la barra de un bar, me preguntó por qué lo hacía y sugirió que mi motivación era el egoísmo puro y llano. «Lo haces para sentirte importante», me susurró con sonrisa pícara y encendiéndose un Ducados. Según él, quienes nos dedicábamos al voluntariado buscábamos superioridad moral. Y ahí se quedó. Oliendo a Ducados rancio y mesándose su barba. Un aguafiestas de manual.
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