Ultima Hora Mallorca
Recuerdo el día de mi Primera Comunión como algo bastante traumático, porque a los niños tímidos eso de ser el centro de todas las miradas les provoca angustia y embutirse en aquel vestido espantoso tampoco era agradable; después, la comida familiar en un restaurante de postín suponía más una tortura que otra cosa, porque las delicatessen del menú no eran demasiado aptas para paladares infantiles. Y todo eso tras pasar meses acudiendo a las aburridísimas sesiones de catequesis de manos de una beata soporífera. Pero en aquellos tiempos, aún en plena dictadura, esos rituales eran prácticamente obligatorios si no querías significarte como rojo, rebelde o anti lo que sea. Parecería que medio siglo después toda esa parafernalia habría pasado a la historia. Pero no. Bien al contrario, se ve que hay gente tan ridícula que convierte el sacramento de sus hijos, ese remedo de rito de paso de la infancia a la pubertad, en un acontecimiento social digno de príncipes.
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