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El Paseo, Sevilla, 2025. Edición de Yolanda Morató. Sorprenden las disputas enconadas entre algunos estudiosos de la obra de Manuel Chaves Nogales , que han enmarañado tanto los libros y las ediciones de sus obras que es necesario convertirse en ¿experto? para desentrañar las conclusiones a las que han llegado. Algunos de estos estudiosos han puesto tanto empeño en menospreciar a quienes los han antecedido en la investigación como en contarnos sus descubrimientos. Creo que todas las aportaciones pueden resultar valiosas, cada una en su momento, y estos estudiosos chinches deberían mostrar más respeto por aquellos que los han precedido en su labor. María Isabel Cintas, Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina, Felipe Benítez Reyes, Ignacio F. Garmendia, Yolanda Morató, Francisco Cánovas Sánchez, Andrés Amorós y, sobre todo, Abelardo Linares , entre otros, han hecho aportaciones importantes en momentos distintos y a diferentes niveles. Sin sus trabajos, Chaves Nogales no ocuparía hoy el lugar que ocupa en la historia del periodismo y de la literatura. La profesora y traductora Yolanda Morató recoge en este libro 211 artículos, si no he contado mal, que en algunos casos tuvieron distintas versiones, con leves variantes. Fueron escritos en París, donde Chaves Nogales había llegado a finales de 1936, huyendo de la Guerra Civil española. Se publicaron en diversos periódicos de Brasil, Cuba, Argentina y Canadá. Los escribía para dos agencias de prensa, Cooperation, del húngaro Emery Reves , y Havas, de cuyo staff formaba parte, que se encargaban de distribuir sus artículos. Eran agencias gubernamentales al servicio de la entente franco inglesa, que trabajaban para contrarrestar la propaganda alemana. Recuérdese, además, que la casa en la que habitaba con su familia en las afueras de París se la había proporcionado el gobierno francés. Los artículos, sin embargo, se distribuían en francés (lengua pivote, nos dice la editora, para que pudieran publicarse simultáneamente en distintos países), y eran traducidos a las lenguas en que iban a ser publicados: portugués, castellano e inglés. Los que aquí leemos han sido vertidos al castellano por la editora, a veces con resultados que me suscitan dudas (¿Reduplica Chaves Nogales, habla de “lectores y lectoras”?, p. 37; ¿se refirió a las “alubias con papas”, no debió de escribir más bien con patatas ?, p. 49; la berlinesa Wilhelmstrasse es una calle, como su nombre indica, p. 251; y dudo que la locución verbal poner en valor , ¿por qué no valorar ?, sea la traducción adecuada para algo escrito en 1940, p. 315; el uso de palabros como protocolar , p. 310; traducir “dueñas de casa”, por amas de casa , p. 316; como tampoco creo que existiera el concepto de victimario en la época, p. 319; y el título de la ópera de Mozart suele traducirse al castellano como La flauta mágica , no encantada , p. 381, por solo señalar unos pocos ejemplos). Ante la duplicidad de versiones, nos confiesa que se ha decantado por la más –digamos- completa, la de mayor calidad. A pesar de lo que indica el título del libro, no se trata de un diario (la explicación de Yolanda Morató, al respecto, en el prólogo al segundo volumen, con los escritos sobre Londres, no resulta satisfactoria), sino de una recopilación de artículos, de crónicas, que es como debieron pensarse cuando se escribieron y como me parece que se leen hoy. Para entender el sentido y valor de estos textos, no debe olvidarse que estaban condicionadas por la censura, que Chaves minimiza: “personalmente, aunque me ha dado algún que otro arañazo, no puedo quejarme” (p. 201), y por los intereses propagandísticos aliados, en favor de la libertad y la democracia, de las agencias de prensa para las que trabajaba, según ya he indicado. Así, el entusiasmo del autor con respecto a la actitud de los franceses ante la guerra, tanto de sus políticos como de los ciudadanos de a pie, resulta llamativo, forzado. Si comparamos estas impresiones con lo que escribe en La agonía de Francia (1941. Manejo la ed. de la Diputación de Sevilla, 2001, aunque hay tres más, posteriores, en otras casas editoriales), el libro lo compone tras llegar a Londres, nos percatamos de que su opinión parece más sincera, muy diferente, y que es en este libro de 1941 cuando nos proporciona su verdad sobre lo que ha visto y vivido en París. Por tanto, las crónicas hay que leerlas prescindiendo del optimismo propagandístico que rezuman, pues su valor estriba, más que no en las opiniones políticas, algunas de ellas lúcidas, en lo que tienen de testimonio de la vida cotidiana en París, en los numerosos detalles que nos proporciona sobre la existencia de los parisinos: cómo celebran la Navidad, cómo se divierten y conviven (“la vida tradicional de París intenta renacer por todas partes”, p. 18), los deportes que practican, qué fue de la industria del lujo (pp. 39 y 40), de las revistas de humor (p. 31), cómo funcionan los transportes, en qué consiste la aportación de las francesas a la guerra, sin que falte la comparación con las inglesas (pp. 25, 26, 35, 83..), o qué suerte corren los animales (“la guerra es fatal para los perros”, nos dice, “sobre todo para los perros chicos”, p. 54). Nos cuenta también, valgan estos detalles de los variados intereses de estas crónicas, que los ingleses han adoptado como símbolo las amapolas de Flandes , mientras que los franceses tienen como insignia las florecillas azules . Y que el 1 de mayo, París se engalana de muguet (lírios del valle), símbolo de la buena suerte, del optimismo y la confianza (p. 323). A la celebración de esta fiesta en Bruselas, se refiere María Enciso en su Europa fugitiva (1941). En fin, se ocupa de innumerables detalles más en los que no podemos detenernos. No importa solo lo que cuenta, sino también los temas que escoge y el tratamiento que les da. Lo que pretende, nos dice, es mostrarles a los lectores la verdadera vida de París. Y eso sí creo que está logrado, aunque solo sea una parte de lo que allí sucedía. Cualquier lector exigente se preguntará por qué el autor se prestó a edulcorar la realidad, si acaso tuvo alguna otra alternativa profesional, puesto que debía sobrevivir con su familia, tras abandonar una España en guerra en la que su vida corría peligro. Chaves Nogales nos proporciona algunos datos sobre cómo trabajaba, cuáles eran sus hábitos y contactos. Así, confiesa, desmitificando sus fuentes, que “para ser un periodista bien informado en París, basta dar los buenos días a la portera y tomar café en el mostrador del bar de la esquina”; a la vez que reconoce que, en ocasiones, se basaba en los “genuinos órganos de opinión” franceses (pp. 164, 247 y 338). Durante sus años de estancia en París gobierna Francia Edouard Daladier , un político de centro izquierda, radical socialista, que, tras la invasión de Finlandia por la Unión Soviética, dimite el 21 de marzo de 1940; y al que sucede Paul Raynaud . De ambos se ocupa con más detenimiento en el libro de 1941. Chaves Nogales se muestra muy afrancesado: admirador de las decisiones del gobierno francés sobre la preparación ante la guerra, y de las conductas de los ciudadanos, la “disciplina de la masa” (p. 11), minusvalorando y menospreciando siempre a los alemanes, quienes —no lo olvidemos— derrotaron a los franceses, tomaron París y ocuparon la mitad de Francia. Se muestra optimista y confiado en el resultado de la guerra, de la derrota de alemanes e italianos. Es necesario tener en cuenta el contexto en que se escriben los artículos, el fin que pretenden al difundirse en América Latina y Canadá, pero sorprende que no recuerde la crueldad con que el gobierno francés trató a los exiliados republicanos españoles, quizá porque no era eso lo que entonces tocaba contar. Chaves Nogales no fue un periodista y escritor equidistante , como se ha dicho, sino un ferviente defensor de la República española, de la democracia y la libertad, y un crítico feroz del nacionalsocialismo, del fascismo (representados por Hitler y Mussolini y del comunismo. El cocodrilo , al que se refiere en tres crónicas, es Hitler, la Alemania nacionalsocialista, como hoy serían Putin o Trump , (pp. 162, 288 y 326). A finales de 1939, comenta que “la eliminación de los comunistas que impedían la función parlamentaria normal es absoluta” (p. 73). Para muchos de los que todavía no se habían desengañado, definitivamente lo hacen tras el pacto de no agresión entre Alemania y Rusia, firmado en 1939. En estos artículos, pues, Chaves Nogales denuncia las mentiras de los políticos alemanes, la intimidación constante y su obsesión por las armas secretas (pp. 92, 93), aunque las considere tan inoperantes como inexistentes. Se preocupa por las grandes masas de refugiados que llegan a la ciudad, él mismo era uno de ellos, quienes consideran París un territorio de libertad, aunque pronto dejará de serlo, y tendrán que buscarse una salida, siempre difícil, que los lleve a Inglaterra, Portugal o Estados Unidos. Compara, a menudo, las dos guerras mundiales, y recuerda, en varias ocasiones, la batalla de Verdún (1916), e incluso cita la novela de Remarque, Sin novedad en el frente (1929), cuyo título remeda en el primer artículo del libro. La prosa de Chaves Nogales es la propia de una crónica, en el estilo habitual del periodista republicano que, en estos casos, utiliza breves artículos. Pero no faltan destellos de escritor en el cuidado de la estructura, de los comienzos y finales (véase el desenlace de “París festeja el aniversario de Verdún esperando el ataque nazi”, p. 212), en la descripción de las atmósferas, en los retratos de los personajes o en la importancia que le da a los objetos, a los detalles, o en las repeticiones retóricas, que, por fortuna, no prodiga (solo las observo en las pp. 56, 57, 170, 171, 337 y 364). Pero fíjense también en conceptos como guerra total , guerra podrida y quinta columna que utiliza en numerosas ocasiones. Se vale, además, de palabras francesas, alemanas, italianas e inglesas, voces que volvemos a encontrar en otros libros suyos. En diversos momentos, se muestra interesado por las artes, por diversos artistas (los nombres de Josefina Baker y Mauricio Chevalier, castellanizados, se repiten, y no son los únicos), ya sean escritores, ya músicos, con alusiones a la ópera y al teatro, a diversos espectáculos como el circo (el Medrano), o la literatura, sobre la que puede leerse, doy un par de ejemplo, muy interesantes: “Actos en París en memoria del novelista Zola” y “El destino de la pax y el destino de una generación” (pp. 277, 278 y 331-333). Y se refiere a la movilización de los hombres de la cultura, convertidos en soldados (p. 12). Con ello, trata de mostrarnos una ciudad que intenta seguir viviendo con una cierta normalidad. Pero cuando los alemanes se acercan a París, Chaves Nogales, con ayuda del gobierno, se traslada a Gales, partiendo de Burdeos, para acabar en Londres. Los trabajos escritos en la capital inglesa compondrán el segundo volumen del mal llamado Diario , de los tres que componen el conjunto, donde se ocupa de la bochornosa huida de la élite política a Inglaterra, que debió recordarle el traslado del gobierno republicano español a Valencia, en plena Guerra Civil. El último artículo del volumen que nos ocupa data del 13 de junio de 1940, un día antes de la entrada de los alemanes en París (el 9 de junio, comenta: “la ocupación de París por los alemanes es un imposible metafísico”, p. 380); mientras que el primero que escribe en Londres está fechado el 12 de octubre de 1940. Quizá, durante esos cuatro meses, debió de dedicarse a escribir La agonía de Francia . El libro vale tanto por la impresión general que produce como por sus detalles sobre la vida cotidiana, las costumbres de los franceses, los sentimientos de los ciudadanos y las esperanzas de los políticos. Lo que llama la atención, como hemos advertido, es que su interés por España casi desaparece (las excepciones se encuentran en las pp. 85, 86 y 351), centrándose en la Segunda Guerra Mundial, aunque tanto el segundo volumen como en el libro de 1941 se ocupe de nuestro país en varios capítulos. En un artículo titulado “Es increíble hasta donde llega, en su extravío moral, la propaganda nazi” (pp. 312 y 313), publicado el 25 de abril de 1940, se refiere hasta en cuatro ocasiones a la guerra podrida imaginada por Hitler y llevada a la práctica por Goebbels . Y vuelve a utilizar la expresión varias veces más (pp. 329, 337, 341, 346, 352 y 371). Esa insistencia me ha llevado a pensar que era un título adecuado para esta reseña. El prólogo de Yolanda Morató resulta útil, valioso por las notas y el resto de las informaciones que nos proporciona, pero echamos de menos que se hubiera aclarado mejor las condiciones en que se gestaron los textos, tal y como hace en su libro sobre Los años perdidos (1940-1944) (Renacimiento, 2023), así como los trasvases de las piezas de una lengua a otra. A pesar de todo, el prólogo y las notas resultan necesarios para entender el sentido y valor de estos artículos. Sea como fuere, tras las nuevas aportaciones, los estudiosos y biógrafos tendrán que rehacer sus trabajos, porque los nuevos datos de que disponemos, y se anuncian más por salir, cambian la visión que teníamos del autor, de su obra; sobre todo, tras la salida de España en 1937. A pesar de todos los pesares, estos artículos lo confirman como el gran periodista que sabíamos que fue. Creo que el mayor elogio que puede hacérsele es que si alguien quisiera saber cómo era la vida cotidiana en París entre 1939 y 1944, las expectativas que tenían los franceses ante la guerra, hará bien en leer este conjunto de crónicas. *Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.
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