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La fosa abierta
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La fosa abierta

Anagrama. 2026. En La fosa abierta , Brigitte Vasallo nos muestra dos búsquedas: la de la memoria de una emigrante gallega en Francia y Barcelona, donde se cuenta la historia de madre e hija, una historia marcada por la violencia y la incomprensión, y a la vez el viaje hacia la reparación de una identidad de clase marcada por la diáspora. Txarnega (tal cual), diáspora —antes que migración—, villanos, paganos, campesinado , serán palabras que se cruzan en un libro que se nos muestra como un diario de indagación. Indagación no solo en la biografía personal, sino en las raíces del cambio del Antiguo Régimen al Régimen Capitalista y su impacto en las relaciones humanas, en la mutación de la sociedad rural en sociedad urbana y la consistencia de la sociedad de clases en que vivimos, a pesar de que las apariencias de luces de colores del capital nos induzcan a creer que habitamos la Edad de la Clase Media. El viaje personal se inicia con un planteamiento, también, de clase. Brigitte intenta contactar con aquellos que fueron los señores de la madre —criada, bonne , en París— para entablar una relación que supere las diferencias de clase. ¿Quién es ese señor Charmat que nunca contesta los correos electrónicos, que debe de estar jugando al golf o criando viñedos? Es la representación de la clase social, el miembro de aquella burguesía francesa que empleó a tantas chicas españolas en París, en el XVI arrondissement , y las moldeó para el buen servicio. Brigitte rescata una joya bibliográfica de la humillación y el clasismo: un irónico manual de Solange Fasquelle para que las señoras francesas aprendieran a tratar a sus criadas. El señor Charmat contestó un día al teléfono, pero no entendió el viaje que había iniciado Brigitte. No lo entendió porque le importaba bien poco. Al fin y al cabo, las criadas nunca formarán parte de la memoria familiar en un edificio del XVI arrondissement . Esa madre, ya casada, se asentó en Barcelona. Fueron gallegos en el Clot (yo fui andaluz en el Clot). Brigitte no tardó mucho en huir de un hogar violento que no comprendió sus opciones —es tan evocador para nuestra generación, y tan performativo, el odio de la madre hacia Gloria Fuertes y cómo apaga la televisión mientras se emite Un globo, dos globos, tres globos —. Brigitte tardará mucho tiempo en volver a Chandrexa de Queixa —Ourense, Galicia— el lugar del origen, donde se inició la diáspora, porque allí es donde, a través de entrevistas y confesiones familiares, vecinales, obtendrá el itinerario que conduce a la txarneguidad: la clase social campesina trasladada a las ciudades como mano de obra barata. Ese retorno a Galicia localiza la memoria y abre el camino a la comprensión de la diáspora. Una pregunta recorre el libro: ¿Por qué éramos pobres? Esa es la única marca, ser pobre, atravesada de respuestas varias sin sentencia, pues late de fondo la aceptación de que no pudo ser de otra manera: porque la tierra es mala, porque había mucha miseria, porque éramos ignorantes, porque nuestra familia siempre fue pobre, porque teníamos muchos hijos… Brigitte Vasallo profundiza entonces en las raíces de esa diáspora de la clase campesina, y las sitúa en la imposición del sistema capitalista: el alumbramiento de la mano de obra, las fábricas, la abolición de la esclavitud y la aparición del proletariado. Pudo ser de otra manera, quizá, en el mantenimiento de unas sociedades campesinas de subsistencia, pero que no eran, de ningún modo, útiles a la burguesía ni al sistema de explotación laboral que se abría paso con un objetivo: desintegrarlas en pos del mercado de consumo. Este libro, que es un diario escrito en varias lenguas —anoto: castellano, galego, catalá, italiano, dialectos itálicos…—, avanza en las razones e intenta la investigadora contrastarlas en sus trabajos de campo en Galicia, Italia —donde los terroni son los charnegos —, en los paralelismos entre los perros y los proletarios, en los retratos de los serios ministros españoles del XVIII, en los planes franquistas contra el campesinado. Persiste en la búsqueda de una explicación al milagro económico del siglo XX: la diáspora de campesinos explotados que aunaron manos y vidas, con los proletarios y campesinos que allí ya estaban, para levantar los emporios alemanes, catalanes o vascos. Fueron los campesinos y jornaleros provenientes del campo andaluz, gallego, murciano, turco, siciliano, la fuerza extractiva, trasplantada, mimbres de “la mutación antropológica” de Pasolini . Procedentes de una tierra de expulsión hacia una tierra de explotación, señala la autora, pues de la diáspora surge irremediablemente la herida que no sana porque nadie atiende. Si ya sabemos quién es el señor Charmat y lo que significa, ¿quiénes son esta gente que vino de fuera y ahora quiere reivindicar su propia historia? Esa es la pregunta que la identidad catalana no puede aceptar. La irresoluble relación entre comprensión de clase e identidad nacional atraviesa también el discurso nacionalista catalán, por muy a la izquierda que se ubique. Brigitte Vasallo impulsó un Festival de Cultura Txarnega en Barcelona, en 2019. Fuera de Cataluña, y quizá fuera de aquel momento del Procés , sea difícil entender que la búsqueda de una identidad de clase pudiese pisar tantos callos. Desde luego, un Festival de Cultura Txarnega debía ser mejor noticia que una Feria de Abril en Cataluña. Busco en las crónicas, reconozco nombres como Juana Dolores o Anna Pacheco . Leo cartas, columnas, que acusan a la búsqueda de la txarneguidad, un concepto quizá ya obsoleto y que solo puede obtener un reconocimiento de traza cultural en el amplio y absorbente sistema cultural catalán, de ser una quintacolumna españolista. No sé si fue españolista, pero sí fue fuerza de trabajo procedente del actual Estado español, por definición irremediable; pero fuimos la fuerza extraída que sigue buscando qué nos llevó de un lugar a otro, y eso no lo resuelve la asimilación y el prensado. Está claro que aquel festival no lo entendieron: la txarneguidad viene ahora, pero de otra latitud. Txarnegos y txarnegas serán catalanes, indiscutiblemente, pero son catalanes con una bio-historia de diáspora y desarraigo. Quienes lo han sido, lo saben. Son casi-catalanes en el interior del país. Lo son cada vez más, apunta la autora, porque cuentan con una generación de más en su haber, porque son blancos y cristianos, porque no forman parte de los nuevos miembros de la diáspora —los africanos, los sudamericanos—, pero son también extranjeros en su retorno. Brigitte fue gallega en Barcelona y catalana en Chandreixa; fuimos andaluces en Cataluña y catalanes en Andalucía: lo sabemos, y en ambos territorios persiste el prejuicio. Serán pues marroquíes en la Garrotxa y catalanes en el Rif. Serán bolivianos en el Priorat y catalanes en el Altiplano. Senegaleses en Mataró y barceloneses en Dakar. Brigitte Vasallo apunta que no somos, pues, ni chicha ni limoná, sino que estamos en el tránsito, en lo queer , en la no-identidad. Para alcanzar esa no-identidad hay que contemplar cómo el tiempo y el espacio han atravesado la clase social. El espacio queda desmentido en la abolición de los discursos burgueses (como el no-lugar de Augé ); el espacio es el camino. El tiempo, debe habitar, como el olvido, en la memoria de una clase social extirpada que aún busca el suyo. El tiempo todo lo sepulta, pero queda la marca indeleble de la procedencia, de aquellos que hicimos el camino: el de ida y el de retorno, y buscamos aún saber quiénes fuimos y quiénes somos. Brigitte, sigue buscando y nos cuentas. * Alfonso Salazar es escritor.

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