Diario CÓRDOBA
De resultas de otras elecciones: nueva oportunidad para sacar la violencia y lanzárnosla unos contra otros. Cualquier motivo es bueno, pero ¡unas elecciones!... Más que la fiesta de la democracia, es la orgía de la ira, ese poso en nuestro fondo, que no conseguimos limpiarnos porque parece ser que es más fácil mantenerlo, y así disimulamos la hipocresía de no hacer realidad nuestros maravillosos ideales. Es más cómodo enardecerse en las palabras que trabajar cada día, con honradez, por aquello que propugnamos. El muerto al hoyo, y para mí, que soy un vivales, el bollo. Ahora resulta que cómo puede ser que un obrero vote a las derechas, como si cada cual no pudiese votar lo que le dé la gana. ¡Vaya demócratas de pacotilla que estamos hechos! Si los demás no votan lo mío, ¡a hacer aspavientos! Así, desde luego, no hay manera de construir nada. Si el árbitro le pita un penalti al otro, pues qué bien; pero si me lo pita a mí, lo cuelgo. ¡Y nos quedamos tan panchos! ¿Cómo podemos vivir en esta perpetua niebla, más de dos siglos ya? ¿Nunca vamos a resolver el problema de que cada cual haga lo que quiera con su vida, sus decisiones y su voto? ¡Qué pobreza de país y qué pobreza de convivencia! ¿Por qué no analizamos los hechos sin la niebla de la ideología? Y el hecho es que la gente, en el ejercicio de su libertad, no vota las izquierdas. Y en vez de ver por qué, qué ha pasado para esto, nos ponemos en plan de despotricar y sacar la ira. Si por nosotros fuera, ¡nada de urnas!; que todo el mundo vote como yo, haga lo que yo, y todos en paz, o sea, todos callados, o sea, todos muertos. Desde la altura prepotente de nuestra razón, los demás, si no hacen lo que yo, es que son tontos, y no saben, no piensan, están aborregados, y, ¡la palabra infinita!: ¡son unos fachas!, que no merecen vivir, que tendrían que irse de España. Y le damos al obrero sopa de ideología, y trágala cucharada a cucharada. Y que vaya a votar tapándose las narices, disimulando el asco con una sonrisa, pero que me vote a mí, que en los hechos estoy traicionando lo que con tanta palabrería peroro. ¿Por qué no puede votar cada uno, en paz y en libertad, lo que buenamente crea? Y que salga lo que la mayoría vote. ¡En qué pobre democracia hemos acabado, con lo bien que nos la prometíamos en la Dictadura! ¡Qué pobre democracia! ¡Qué egoísta y qué infantil! Enseguida, el linchamiento de todos contra todos. Y así, hacia siempre, régimen político tras régimen político. Cada vez que, después de penalidades, llegamos por fin a un acuerdo, ¡a destrozarlo! Lo hemos probado todo, pero como al niño estúpido, habría que preguntarnos: «Pero ¿qué co… quieres, niño?».
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