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El primer aniversario de la elección de Robert Prevost como Sucesor de San Pedro ha dado pie a muchos análisis, algunos valiosos, otros insidiosos y también los hay que solo repiten tópicos. Sin embargo, León XIV no dijo una palabra al respecto, y tampoco ha hecho ninguna declaración clamorosa sobre los conflictos internacionales en los últimos días. Quizás haya que recordar que el Papa no es un comentarista de la actualidad. Ver y escuchar a León en acción ayuda más que muchos análisis para comprender. «Soy, sobre todo, un testigo del Evangelio, llamado por el Señor a confirmar en la fe al pueblo de Dios», les dijo a los periodistas regresando de África, cuando le preguntaban por los ataques de Trump o los riesgos de visitar países bajo regímenes dictatoriales. El día de su primer aniversario quiso estar en Nápoles, y allí dijo a los sacerdotes, religiosas y laicos que le escuchaban: «sois parte de una historia de amor —la del Señor por su pueblo— que comenzó antes que vosotros y no termina con vosotros, sois parte de ella como piezas únicas e indispensables, para que, incluso en la densa red de la oscuridad, podáis encender una luz». Pedro confirma en la fe a sus hermanos, como desde hace 2.000 años. Ese es su oficio principal. Es necesario contemplar el camino de la Iglesia como una historia que se desarrolla en el tiempo, que se encarna en circunstancias cambiantes guiada siempre por su Señor que la sostiene y la recrea continuamente. Hace unos días León XIV se arrodilló y oró ante la placa de mármol que recuerda el lugar exacto de la Plaza de San Pedro en que el terrorista turco Alí Agca disparó contra Juan Pablo II hace 45 años. El mundo ha cambiado mucho en estos años, es verdad, pero aquel acontecimiento nos recuerda dos cosas: que el Sucesor Pedro siempre será físicamente vulnerable frente al poder del mal, y que Jesucristo, Señor del cosmos y de la historia, como le gustaba decir al Papa Wojtyla, no deja a su Iglesia en manos de esos poderes. También en estos días el Papa ha sido recibido con todos los honores en la universidad romana de La Sapienza, cuyo claustro y algunas asociaciones de alumnos impidieron la visita de Benedicto XVI hace 18 años. Es fácil imaginar el dolor que supuso para un universitario como el Papa Ratzinger aquel rechazo. Sin embargo, nos dejó un discurso para la historia. «¿Qué tiene que decir el Papa en la universidad?, se preguntó entonces Benedicto: «no debe tratar de imponer a otros la fe, que sólo puede ser donada en libertad… tiene la misión de mantener despierta la sensibilidad por la verdad; invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad, a buscar el bien, a buscar a Dios». Eso es lo que ha hecho León XIV invocando a su maestro San Agustín: «no somos materia fruto de la casualidad dentro de un cosmos mudo, ¡somos un deseo, no un algoritmo!». Un deseo que sólo puede colmar el Infinito. La historia sigue y la nave va. Es lo más seguro que podemos decir al cumplirse un año de la elección de Robert Prevost.
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