ABC
Sabemos por Hobbes que el Estado es un artefacto, una construcción técnica, ensamblada con piezas dispares, del lenguaje a las leyes, pasando por la obligada (y nunca mejor dicho) coerción. En el exordio de 'Leviatán' afirma que, de todos los autómatas –esto es, «máquinas que se mueven por sí mismas mediante resortes y ruedas, como un reloj»–, el Estado es el más complejo de todos. El gobernador, según este modelo, es una suerte de jefe de máquinas que, en vez de encarnar una voluntad trascendente, se limita a que no salten los pernos y los tornillos y el armatoste no se venga abajo. Lo que Hobbes no contemplaba era la posibilidad de que el Estado fuera soltando piezas propias y encargándolas fuera, como quien manda reparar la caldera al manitas de la esquina. Con la excusa de la digitalización, algunos Estados han permitido que ciertas funciones que antaño se guardaban bajo llave, como la seguridad o la gestión de datos, pasen a manos de empresas privadas. Y estas, por lo general, no se limitan a suministrar recambios, sino que fabrican el propio cuadro de mandos, sugieren hacia dónde debe girar la aguja y, de un tiempo a esta parte, pretender decidir qué cuenta como avería y qué como ruido de fondo, so pretexto de que la máquina siga funcionando; o incluso que, llegado el caso, empiece a mandar ella sola mientras el jefe de máquinas finge, con notable profesionalidad, que sigue al mando. Verbigracia, Palantir: fundada en el entorno de Silicon Valley tras el impacto del 11-S y hoy pieza clave del engranaje tecnológico-militar estadounidense. Sus plataformas integran datos y coordinan operaciones en tiempo real para organismos como la CIA, el FBI, el ICE o el Ejército israelí. No es, digámoslo así, una tecnológica más. Bajo la dirección de Alex Karp, formado en filosofía en Fráncfort, ha pasado de pérdidas a beneficios milmillonarios. Ahora la empresa ha publicado un manifiesto ('La República tecnológica') con que rompe la neutralidad habitual de las tecnológicas y se bienquista con el trumpismo , recordando una vez más que el socorrido genio del garaje suele acabar, a poco que medre, despachando sus prodigios al calor de la ubre federal, donde el Estado firma cheques con mano pródiga. De la lectura del manifiesto, que cuenta con un tono profético y casi milenarista, se deduce que la concentración de poder técnico en manos de una élite de tecnócratas es, por así decirlo, una condición de época ante la que nada se puede hacer. La intuición hobbesiana adquiere un matiz inquietante: si el Estado es un autómata construido para dominar el desorden, ¿qué ocurre cuando, en su interior, se insertan otros autómatas, más precisos y más opacos, de los que empieza a depender para cumplir sus funciones? Si la democracia representativa promete la posibilidad de que los ciudadanos evalúen las decisiones que les afectan, ¿qué ocurre cuando esas decisiones están mediadas por sistemas cuyo funcionamiento escapa a su comprensión? El manifiesto destila una inquina patente contra la deliberación, rebajada a fruslería de lujo, intolerable en tiempos de urgencia (cosa esperable en quien capitanea un monopolio cebado por el propio Estado, Leviatán negligente que, tras abdicar de sus atributos soberanos, los arrienda con inconcebible ligereza a una empresa de ambiciones omnímodas). Convoca a filas, se erige en paladín de una cultura autoproclamada superior al tiempo que define a otras como «regresivas» (quizá por refractarias a su pretendido vasallaje) y propone la aplicación doméstica de tecnologías ensayadas en escenarios tan siniestros como Gaza . Ya advertía el poema de Borges de que en el Oriente se encendió esta guerra/cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra. Claro que el software Gotham ha servido ya en Estados Unidos para facilitar detenciones masivas de inmigrantes irregulares; el gobierno español, en un curioso alarde de ejemplaridad, lo adquirió hace apenas tres años, desembolsando más de 16 millones de euros cuando sobre la compañía gravitaban acusaciones de violar los derechos humanos. El manifiesto de Palantir debe mucho a la tesis doctoral de su autor sobre los usos tramposos del lenguaje. La redactó bajo la dirección de Jürgen Habermas en la Universidad Goethe de Fráncfort, sanctasanctórum de la Escuela de Fráncfort. Lo cierto es que Karp no salió de allí bautizado en las aguas claras de la fe habermasiana en la comunicación, sino chapuzando en la corriente sombría de la primera generación de la Escuela, esa en que la razón se curva sobre sí misma para volverse instrumento de dominio. Empezó hurgando en el enredo de la verdad y el poder y ha acabado, cosas veredes, metido de lleno en la madeja, capitaneando uno de esos laboratorios donde la «racionalidad instrumental» –aquella que reduce el mundo a objeto manipulable– alcanza su culminación técnica: el algoritmo. ¡De la teoría de la sospecha al mando en plaza! Como sabían Adorno y Horkheimer, la línea que separa la emancipación de la dominación es tan tenue que, a menudo, ambas hablan el mismo idioma. Aún encaramado a la cabina de mando, incluso ataviado con las viejas vestiduras de filósofo-rey, como tópicamente se le retrata, Karp no gobierna una polis de ciudadanos, sino un enjambre de drones. Si el Leviatán hobbesiano daba cuerpo a una monarquía absoluta, he aquí los mimbres de un totalitarismo que nada tiene que ver con el siglo XX, aunque algunos se empeñen en motejarlo de tecnofascista. Cierto es que los modelos de 'machine learning', operando sobre arquitecturas opacas, concentran poder en manos de unas pocas empresas que influyen simultáneamente en mercados y aparatos estatales, remedando la fusión corporativo-estatal del fascismo clásico; sin embargo, aquí la coerción es sustituida por una modificación sutil de la conducta, merced a la extracción masiva de datos y la gobernanza algorítmica. Si los sistemas de recomendación sustituyen a la propaganda y el filtro de contenidos a la censura, ¿qué falta hace una policía política? Así se agiganta una infraestructura que, sin declararse ideológica, estrecha el espacio de lo pensable. El filósofo ya no debe limitarse a interpretar el mundo, ni siquiera a transformarlo: ahora, al parecer, debe programarlo.
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