Cope Zaragoza
La duodécima de abono dejó en Las Ventas una de esas tardes espesísimas que parecen consumirse lentamente entre protestas, toros sin fondo y faenas incapaces de romper definitivamente. La corrida compartida entre Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto, completada además con dos sobreros, resultó blanda, descastada y sin apenas emoción en conjunto, más allá de algunos detalles aislados de calidad. Tampoco ayudó una terna que comparecía en Madrid en un momento claramente alejado de sus mejores versiones. José María Manzanares a penas se puso y solo brilló su espada; Juan Ortega volvió a transitar por una tarde sin pulso ni continuidad; y Pablo Aguado terminó protagonizando el episodio más incómodo del festejo al escuchar los tres avisos frente al tercero. Manzanares abrió plaza frente a un toro de buenas hechuras, acucharado de pitones y con cierta calidad en sus embestidas pese a su evidente fragilidad. El alicantino lo lanceó con suavidad hasta más allá de las rayas y encontró después algunos momentos templados en la muleta, especialmente mientras el toro mantuvo algo de recorrido. El animal tuvo nobleza y buen aire, aunque siempre rebrincado y muy justo de fuerzas, lo que condicionó por completo el ambiente de la faena. Manzanares nunca logró darle la vuelta a la protesta constante de parte del tendido y el conjunto quedó diluido pese a una gran estocada final. Su segundo tampoco ayudó demasiado al desarrollo de la tarde. El cuarto titular fue devuelto tras tropezarse repetidamente en los primeros compases, en una decisión quizá precipitada viendo el comportamiento que estaba desarrollando el toro. En su lugar salió un sobrero de El Freixo, fuerte, largo y basto, que terminó siendo un animal manejable aunque sin ninguna excelencia. Manzanares firmó entonces una labor larga y paciente, sin demasiada emoción pero sí con algunos muletazos limpios sobre la diestra en el tramo final. Al natural ni llegó a ponerse. La espada volvió a funcionar, su único mérito. Juan Ortega volvió a dejar una actuación desdibujada y sin continuidad. El segundo, devuelto inicialmente, fue sustituido por un sobrero de José Vázquez muy cornalón y estrecho de sienes cuya lidia quedó marcada desde el principio por la precipitación presidencial. El cambio de tercio llegó demasiado pronto y el toro terminó encontrándose desordenadamente con el caballo en mitad de un exceso de capotazos que acabó afectando claramente al animal. Ortega nunca consiguió recomponer aquello. El toro se derrumbó constantemente y el sevillano tampoco encontró el tono para levantar la faena. Algo más de interés tuvo el quinto, un cinqueño de La Ventana del Puerto de bonita lámina y buena pelea en varas. Ortega dejó algunos lances de buen gusto en el recibo, doblándose a la verónica con naturalidad, antes de afrontar una faena en la que el toro obedeció sin terminar de entregarse del todo. El sevillano trató de cuidar siempre la colocación y encontró momentos sueltos de cierta torería, aunque la embestida terminó quedándose corta y soltando continuos cabezazos. Cuando aquello dejó de tener recorrido, Ortega optó por abreviar. Pablo Aguado fue quien dejó los momentos más inspirados… y también el desenlace más negro de la tarde. El tercero, un toro serio y de buena expresión, permitió al sevillano volar el capote con suavidad y naturalidad desde salida. El animal tuvo tranco y cierta clase, especialmente por el pitón derecho, y Aguado dejó al inicio de faena una preciosa serie cargada de naturalidad y temple, pivotando muy despacio y dejando la muleta por delante con mucha armonía. Sin embargo, el toro comenzó pronto a rajarse y la faena perdió continuidad. Tampoco ayudaron los terrenos escogidos, demasiado alejados de las tablas donde el animal buscaba refugio. Lo que parecía una actuación estimable terminó convirtiéndose en un episodio interminable con el estoque de descabellar. Aguado dejó pasar el tiempo entre numerosos intentos fallidos hasta escuchar los tres avisos en medio de una situación cada vez más incómoda para todos. El sexto, ya con la tarde completamente vencida, tampoco permitió demasiado lucimiento. Un burraco pasador que rompió algo más en la muleta que en los primeros tercios y con el que Aguado dejó un bello inicio antes de perderse en una faena de altibajos y escaso ajuste. Hubo alguna serie estimable, aunque nunca terminó de encontrarse el acople ni la continuidad necesarias para cambiar el signo de una tarde gris y desangelada.
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