Diario CÓRDOBA
El domingo se celebró el día de Góngora en la Real Academia de Córdoba. La Academia organiza un importante número de eventos, pero el día de Góngora-fallecido un 23 de mayo- es tal vez el principal, porque hay cosas que sólo se explican en Córdoba y cosas de Córdoba, como Góngora, que se explican solas. Primero se le ofrecen a Góngora una misa y unos poemas en su tumba, seguidamente se imparte una clase magistral por un especialista, y se cierra el acto con la intervención de un poeta de prestigio. Este año la ofrenda la ha hecho Alfredo Asensi, la conferencia la ha dado Rafael Alarcón, de la UJA; la poeta interviniente ha sido Alicia Aza y la misa la cantaron Fernando Cruz Conde y Joaquín Alberto Nieva. Como cuando se escribe bien de la gente el lector cree que uno miente, pues nada digo. Parecería un gran mentiroso. Llegado el momento de la consagración, el acólito que asistía salió corriendo desde la capilla de San Bartolomé-donde la tumba- hacia algún ignorado depósito, alba al viento, claqueantes suelas duras, causando estupor entre los turistas y la seguridad privada. Mientras, los gestos de Nieva fueron alargándose, como ingrávidos, esperando el regreso del acólito sin técnicamente avanzar una letra del misal. A mí la curiosidad me mataba. Demonios, qué para un sacramento de esa manera. El acólito, dignísimo, volvió con un blanco corporal en las manos. Entonces sí: fue limpiamente extendido sobre el altar y entonces (Misal romano 73 y concordantes) se depósito el cáliz en él. Sólo en la iglesia y el ejército funciona tan bien el positivismo y el cumplimiento de las ordenanzas. La verdad es que fue impresionante.
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