La Opinión de Málaga
Hay un pasaje de ‘Los Santos Inocentes’ que define la esencia del poder asimétrico: el señorito Iván obligando a Paco ‘el Bajo’ a rastrear una pieza cobrada, aun sabiendo que se ha roto un hueso de la pierna. Paco obedece. No por lealtad, sino por supervivencia. Esa inercia histórica que empuja al desposeído a asumir que su dolor es el precio a pagar para que el engranaje del cortijo siga girando. Quienes festejan el resultado electoral andaluz afirman que la hegemonía conservadora es sinónimo de modernidad, dinamismo y emprendimiento. Rascando un poco, se comprueba que el cortijo no ha desaparecido. Sólo se ha digitalizado, ha edulcorado sus modales y ha externalizado la gestión de dividendos. El señorito ya no lleva traje corto ni pasea a caballo; viste ‘casual’, opera en fondos de inversión y especula en los barrios. El desmantelamiento de lo público es el reflejo de lo que padecía la familia de Régula, y cuando se asfixia la sanidad pública para engordar las cuentas de clínicas privadas o se reduce la financiación de la escuela pública para bonificar la concertada, el mensaje es el mismo que el señorito Iván daba a la Niña Chica: vuestras necesidades básicas son un lujo prescindible. La paradoja electoral de una Andalucía que les otorga mayorías es el triunfo cultural del relato neoliberal. Han logrado inculcar que la salvación es individual, el éxito depende de «ser tu propio jefe» y protestar es de resentidos. El pragmatismo del elector se ha convertido en una estrategia de precaria adaptación al medio. Así, por ejemplo, si la sanidad pública se deteriora, prefiere antes pagar un seguro privado de 30 euros que salir a la calle a defender lo suyo, pues está convencido de que la acción colectiva no sirve para nada. Toca remar.
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