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Tu padre fallece y tú, igual que él en su momento, eres futbolista profesional. Te estás jugando la permanencia, a diez mil kilómetros de distancia, con un océano de por medio. Y te dicen que la vida sigue. Decides que la mejor manera de honrar su memoria es jugar al fútbol. Habrá quien no lo entienda. Porque este deporte, el más popular de todo nuestro planeta, es imposible de explicar a aquel que no lo sienta con pasión. Y la pasión no entiende de lógica, de matemática ni de deficiones. Es puro corazón. El que tuvo Álvaro Rodríguez para jugar, con el luto de no haber visto el cadáver de su progenitor, las últimas jornadas de liga. El que puso el Elche, alejado de su estilo, sí, para certificar la permanencia en Primera División.
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