Diario CÓRDOBA
Córdoba despide Mayo, su mes más hermoso, con la celebración de la Feria de Nuestra Señora de la Salud, una rica historia que se remonta al año 1284, cuando el rey Sancho IV otorgó a la ciudad el privilegio de celebrar ferias de ganado, combinando su tradición mercantil con su devoción religiosa. Coincide casi siempre con «Pentecostés», -nombre que hace referencia a los 50 días después del domingo de Pascua (Resurrección)-, conmemorando la efusión del Espiritu Santo sobre los apóstoles, reunidos en el cenáculo. El acontecimiento de Pentecostés marca el nacimiento de la Iglesia y su manifestación pública. Dos rasgos nos impresionan: «Es una Iglesia que sorprende y desbarata». Un elemento fundamental de Pentecostés es la sorpresa. «Nuestro Dios, subrayaba con fuerza el papa Francisco, es el Dios de las sorpresas. Nadie se esperaba nada más de los discípulos: después de la muerte de Jesús, huérfanos del Maestro, formaban un grupo insignificante de derrotados. Sucede, en cambio, un hecho inesperado que suscita asombro: la gente está desconcertada porque los discípulos cuentan las grandes obras de Dios en todas las lenguas». La Iglesia que nace en Pentecostés es una comunidad que causa asombro, con la fuerza que recibe de Dios, anuncia un mensaje nuevo, la resurrección de Cristo; con un lenguaje nuevo, el lenguaje universal del amor. Los discípulos ostentan un poder que viene de arriba y hablan con valor y franqueza, con la libertad del Espiritu Santo. Así está llamada a ser la Iglesia de todos los tiempos: capaz de sorprender anunciando que Jesucristo ha vencido a la muerte, que los brazos de Dios siempre están abiertos, que su paciencia está siempre esperándonos para sanarnos y para perdonarnos. Jesús resucitado entregó su Espiritu a la Iglesia precisamente para cumplir está misión. Si la Iglesia está viva, siempre debe sorprender. Sorprender es lo que caracteriza a la Iglesia viva. «Una Iglesia que no tiene capacidad para sorprender, nos decía también el papa Francisco, es una Iglesia débil, enferma, moribunda; hay que ingresarla en la unidad de cuidados intensivos cuanto antes». Me vienen a la memoria los tres hermosos «destellos» que aquel obispo misionero, Nicolás Castellanos, fallecido no hace mucho, colocaba a la Iglesia católica: «Hemos de vivir en una Iglesia, esposa y madre: en una Iglesia enamorada; en una Iglesia samaritana». En Jerusalén, más de uno hubiera preferido que los discípulos de Jesús, paralizados por el miedo, se quedaran encerrados en sus casas y acallaran sus voces. Sigue habiendo gente que desearía acallar a los cristianos
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