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Cualquiera que coja un metro en València a primera hora de la mañana sabe que la paciencia es una virtud necesaria para el viajero, y el reloj, una necesidad. Cogemos el metro para ver lo que se cuece en hora punta. Y lo que bulle es la vida de miles de personas que se las saben todas para conseguir subirse a unos trenes donde no cabe un alfiler. Esa es la pura realidad.
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