El Plural
Las mujeres estamos protagonizado una de las transformaciones sociales más profundas de la historia: hemos salido del ámbito doméstico, hemos accedido al mercado de trabajo, hemos ido ocupando el espacio público y estamos disputando el poder político y económico. A pesar de las resistencias que nos encontramos siempre por el camino, esta revolución está modificando para siempre la arquitectura social de nuestra convivencia. Sin embargo, las mujeres estamos afrontado esa transformación en solitario. Mientras nosotras llevamos a cabo la construcción de esta realidad nueva, la mayoría sustantiva de los hombres permanece inmóvil ante la otra parte de la ecuación: los cuidados y las tareas que sostienen la vida. Es la parte del cambio que aún sigue pendiente, debido, por un lado, a una obstinada resistencia masculina a asumir sus responsabilidad en este aspecto y, por otro, a unas estructuras socioeconómicas que no favorecen la transformación profunda necesaria. En efecto, el informe Estado de las Paternidades en España 2026 —elaborado por Convive Fundación Cepaim y que hemos financiado desde el Ministerio de Igualdad, junto al National Philanthropic Trust— viene a corroborar con evidencia empírica una intuición ampliamente compartida: el sistema socioeconómico actual no está diseñado para cuidar. Y, cuando el sistema no cuida, alguien paga el precio. Un precio que se traduce en sobrecarga emocional, precariedad económica, pobreza de tiempo y desigualdad persistente, y que, para sorpresa de nadie, estamos costeando las mujeres. Pero el debate sobre los cuidados no es solo —ni principalmente— un debate sobre mujeres. Es, cada vez más, una discusión sobre qué tipo de masculinidades queremos construir y con qué proyecto democrático queremos sostenerlas. En este sentido, el informe ofrece conclusiones sobre los cambios que están experimentando las paternidades, pero señala también que lo hacen en un sistema que penaliza el cuidado y que premia la desvinculación. El problema, por tanto, no es solo la falta de voluntad individual por una mentalidad arcaica y acomodada, sino también un modelo social que aún no ha hecho sitio a unas masculinidades cuidadoras, corresponsables y emocionalmente presentes. Y, en este punto, es necesario introducir una clave esencial: cuidar suma, no resta. Los datos son elocuentes. Allí donde los hombres se implican de forma real y sostenida en la crianza, mejora su bienestar emocional, se reducen conductas de riesgo, se fortalecen los vínculos y se amplía el horizonte vital. El cuidado, lejos de debilitar la identidad masculina, la enriquece. Sin embargo, ese potencial transformador choca con barreras estructurales y culturales persistentes: jornadas laborales incompatibles con la vida, estigmas sociales, divisiones desiguales del tiempo y una inercia simbólica y material que sigue asociando valor y reconocimiento a todo lo que esté alejado del cuidado. La corresponsabilidad no es un gesto ético ni una virtud privada: es una política pública de primer orden. Cuando el cuidado se reparte de forma equitativa, ganan las mujeres, que ven reducirse la penalización laboral; ganan los hombres, que acceden a una experiencia vital más plena; y gana la infancia, que crece en entornos más seguros y emocionalmente...
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