COPE
Se habla poco de China, menos de lo que cabría esperar. En un mundo plagado de guerras y ruido, China se mantiene discreta, el mundo habla de Trump, de Irán, de Ucrania y Rusia y, mientras tanto, el país que lidera Xi Jinping, se postula como el nuevo hegemon mundial. Esta semana ha recibido a Vladimir Putin, la coregrafía se parecía mucho a la recepción de la anterior semana a Trump. Ambos, líderes de dos superpotencias, ambos llegaron con el rabo entre las piernas, ambos con una sensación de inferioridad frente a su homólogo chino, ambos debilitados por un grave error estratégico. El de Putin la guerra de Ucrania, el de Trump, la de Irán, dos guerras de las que no saben salir, dos guerras que dejan su posición geopolítica muy por debajo de lo que era antes de ambas guerras. Y China, mientras, se regocija en su cómoda posición, su aliado de conveniencia (Rusia) se queda inmerso en un aislamiento internacional que solo puede romper con su relación comercial con China, es decir, se convierte en un país totalmente dependiente de los asiáticos. Por su parte, Estados Unidos queda retratado y muy debilitado en el importantísimo escenario de Oriente Próximo al no haber conseguido doblegar, ni mucho menos, al régimen de los ayatolás, otro aliado chino. La importancia de China es innegable y lo sabe León XIV. Para el Vaticano ha sido un país muy complejo. La historia de China con la Santa Sede y con la fe católica es muy tensa y, sobre todo, triste. Desde la revolución comunista y el inicio de la dictadura que lideró Mao y que ahora lidera Xi Jinping, las relaciones han sido malas, si no inexistentes. Uno de los grandes retos que afrontó Francisco durante su Pontificado fue ese, las relaciones diplomáticas con China y la capacidad de garantizar el bienestar y la libertad de los católicos en un régimen que les ha despreciado siempre. León XIV hereda ese reto y, desde esa posición de líder moral y de principal valedor de la paz que se ha construido en este primer año de papado, ha vuelto a referirse al país del dragón. Primero con un gesto de cariño, de acompañamiento y de pésame por el terrorífico accidente que ha tenido lugar en una mina del norte de China. 90 muertos y multitud de heridos ponen cifras a una deflagración mortal de una magnitud enorme. «Invoco la paz eterna para las víctimas del accidente ocurrido en días pasados en una mina en el norte de China», ha asegurado León XIV durante el rezo del Regina Caelli, justo después de recordar que, este domingo se celebra «la Jornada de Oración por la Iglesia en China, en la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María Auxilio de los cristianos, venerada con grandísima devoción en el santuario de Sheshan, en Shanghái.» El Santo Padre ha pedido unir «nuestra oración a la de los católicos chinos, como signo de nuestro afecto por ellos y de su comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro». Como se ha dicho, los católicos en China viven perseguidos y el Papa no ha esquivado esa cuestión: «Que la intercesión de la Reina del Cielo obtenga para la comunidad creyente en China la gracia de la unidad y conceda a todos la fuerza para dar testimonio del Evangelio en las dificultades cotidianas, para ser semilla de esperanza y de paz.» Con sutileza, fiel a su estilo, León XIV ha enviado un mensaje, sin duda reconfortante para esos valientes católicos que viven en el régimen de Xi Jinping.
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