ABC
Hace casi 35 años, en noviembre de 1991, y en el marco de un simposio sobre Cuba que tenía lugar en el Club Siglo XXI de Madrid, un periodista de esta casa me preguntó cuál era mi profesión. Sin dudar ni un momento –y para su sorpresa y diversión de Heberto Padilla y Jorge Semprún con quienes en ese momento conversaba– le respondí: «Cubano». No había nada de 'boutade' en mi respuesta. Mi nacionalidad era mi oficio. Para entonces ya hacía tiempo que llevaba a Cuba encima, atada al cuello como el albatros del viejo marinero. Lejos de mi patria desde hacía más de una década, esta no sólo era origen, sino también tarea y destino. Han pasado más de tres décadas de aquel evento y la situación de Cuba –que entonces, tras el desplome del bloque comunista de Europa del Este y a las puertas del colapso de la Unión Soviética, parecía prometedora– sigue empozada por un despotismo inepto y envilecedor. El Gobierno de Estados Unidos, que se ha mostrado indiferente a nuestra tragedia a lo largo de tantos años, ha empezado recientemente a pronunciarse y a amenazar con intervenir, cual caballero andante, para desfacer este viejo y enredado entuerto. ¿Será posible? Y, de ser así, ¿de qué modo? Al presente se habla de conversaciones entre funcionarios de alto nivel de ambos países y, si bien algunos cubanos lo celebran como un mecanismo idóneo para desbloquear una enquistada condición, a otros nos preocupa la opacidad de este presunto 'diálogo' y el peligro de que pueda terminar en un arreglo que deje bastante intacta la estructura de un poder tiránico que –como único cambio– habría de responder en lo adelante a las directrices de la Casa Blanca. A esta sumisión, Estados Unidos podría corresponder con cuantiosos créditos e inversiones para levantar una economía en ruinas, pero sin afectar esencialmente el sistema político que tendría que erigirse en garante de esas inversiones. La perspectiva no podría ser peor. Un caso paradigmático es el de China. Estados Unidos apostó por la apertura capitalista, en connivencia con los sucesores de Mao, por creer que el desarrollo económico traería consigo el establecimiento de la democracia. El error de esta política se hizo palpable desde la matanza de la plaza de Tiananmén que Estados Unidos –y sus empresas– por conveniencias económicas optaron por soslayar, sin darse cuenta de que si bien la democracia no puede funcionar sin el capitalismo, el capitalismo –como bien quedó demostrado bajo el régimen nazi– puede medrar perfectamente en un sistema totalitario. El resultado de este descuido es el monstruoso poder de China que amenaza, cual nunca en la historia, la hegemonía e incluso la supervivencia de Occidente. Ahora, cuando el pueblo cubano parece estar a un paso de su liberación, Estados Unidos se muestra dispuesto a negociar con sus opresores. Le temen, al parecer, al Estado de anarquía que podría sobrevenir a un desplome súbito de la autoridad con todos los desmanes que le son inherentes. Sin embargo, esa anarquía sería mil veces preferible –por natural– a un orden que petrifique el status quo como sucede actualmente en Venezuela. Un pueblo sometido y vejado durante tanto tiempo tiene derecho a hacer justicia de sus opresores. No es moral que los grandes responsables de una tiranía tan prolongada puedan quedar impunes. La identidad cubana se forjó en el siglo XIX gracias al empeño de una élite patricia y a algunos intelectuales que le eran afines. Fue el proyecto de nación que una suerte de aristocracia supo 'vender' al resto de una población compuesta, en su mayor parte, de comerciantes españoles y de esclavos africanos. En un principio, esta élite no aspiraba a la independencia: un esfuerzo que conllevaría la ruina del país y con ella la de sus propiedades. Pero el Gobierno español –aún el más liberal– fue sordo a estos reclamos, y esa sordera radicalizó a este grupo de criollos eminentes convirtiéndolos en patriotas. La identidad cubana se forjó a lo largo de este conflicto que concluyó con la guerra Hispano-Americana con las consecuencia que sabemos. Para entonces, Cuba tenía un 'ethos', una idiosincrasia, por eso los 'americanos', a diferencia de lo que harían en Puerto Rico y Filipinas, se marcharon y dieron paso a una nueva república, pero esa república le debía su existencia a Estados Unidos y para muchos cubanos esa deuda era una afrenta y una prueba de ineptitud. Esta inconformidad sorda e hipócrita (dada la relación de privilegio que Cuba sostenía con sus vecinos del norte) dio lugar, a partir de los años 30, a la idea de una 'revolución frustrada' que debía incubarse, por más de una generación, hasta eclosionar, como el huevo del basilisco, en el asalto castrista al poder de 1959. Esa revolución fue un fiasco desde el primer día, aunque mucha gente se negara a admitirlo. Los cubanos que habían apostado por ella rehusaban reconocer la estafa. La izquierda internacional, pese al descrédito del comunismo en Europa, se aferraba a esta utopía caribeña para seguir manteniendo la fe y no optar por el suicidio colectivo. Los cubanos eran las víctimas ignoradas de esta ilusión y, por su parte, Estados Unidos no parecía demasiado interesado en nuestra desgracia colectiva; más bien, la larga deriva de Cuba era vista desde Washington como castigo a una imperdonable ingratitud. Sesenta y siete años después, Cuba ha llegado a unos límites que nadie ya puede ignorar. Los cubanos, de dentro y fuera, llevamos mucho tiempo sumidos en la impotencia y mirando hacia Estados Unidos como nuestro natural rescatador (tal como hicieron los líderes independentistas a fines del siglo XIX cuando la contienda con España parecía sin salida o condenada a otro innoble armisticio). Ahora, por primera vez en décadas, el Gobierno estadounidense presta atención, pero su acercamiento se muestra más cauto y menos comprometido de lo que fuera en 1898. Esta vez nuestra identidad nacional, muy agredida, parece estar en juego. Creo que el pueblo de Cuba merece otro rescate generoso pese a haber traicionado una vieja amistad. Los cubanos de hoy no son responsables de la torpeza y malicia de sus padres y abuelos, y cualquier arbitraje externo debería tener en cuenta una identidad que alguna vez, hace bastante más de un siglo, costara tanta sangre. Esta feliz solución le permitiría a este que escribe renunciar de una vez a su profesión de 'cubano', porque su país y su pueblo ya no la necesitan.
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