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Farruquito: «No me gustan la relaciones frías, prefiero comprometerme» | Collector
Farruquito: «No me gustan la relaciones frías, prefiero comprometerme»
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Farruquito: «No me gustan la relaciones frías, prefiero comprometerme»

Farruco, el abuelo de Juan Manuel Fernández Montoya, 'Farruquito', entendió perfectamente el secreto de un bailaor: «En el movimiento de un brazo cabe la historia de una vida entera». Y el movimiento del brazo de su nieto traza un recorrido que llega a lo más alto y se precipita a lo más profundo antes de volver a alzarse, poco a poco, dejando atrás el dolor y el remordimiento hasta alcanzar la redención. Para entenderlo hace falta escarbar en el corazón de este artista al que 'The New York Times' consagró como uno de los grandes . El documental 'Serás Farruquito' comienza por el principio: con la providencia eligiendo a ese niño de cinco años para conquistarnos desde los escenarios de Broadway. Aquí iniciamos el relato desde otro punto, cuando Juan tenía trece años y le presentaron a una niña, Rosario, de doce, de la que se quedó prendado. Días después, incapaz de olvidarla, al saber que ella andaba por el parque, pilló su bicicleta y fue a buscarla para pedirle salir. Ella se negó. Pero aquel chaval que tenía el mundo a sus pies no se rindió: «Me enamoraron su cara, sus ojos y la verdad que transmitía con esa profundidad. No podía dejar de mirarla. El amor viene cuando lo conoces y ya entonces te entregas para dar lo mejor de ti. Yo soy un romántico en todos los sentidos. Lo soy por flamenco, defiendo una música, una cultura, y esa es una lucha romántica. Pero también lo soy con las personas que quiero porque no me gustan las relaciones frías, prefiero comprometerme. Soy una persona de muchos apegos». Su primer amor, su único amor, el que le ha dado tres hijos, incluyendo al heredero de un talento que seguirá la tradición de la estirpe: Juan, 'El Moreno', al que mira con indisimulado orgullo. Porque los ojos de Farruquito hablan y lo dicen todo a lo largo del documental: la felicidad de quien triunfa con lo que le apasiona, la culpa de quien todavía no asimila las consecuencias de un error fatal que le llevó a prisión, la esperanza que renace con el amor a ese hijo que llega como una segunda oportunidad en la vida (de nuevo la providencia): «Los ojos son el reflejo del alma, expresan lo que sentimos. Si cambia la mirada es porque cambia la forma en que vives. Las experiencias te transforman, hacen que te abandones o que intentes resurgir. Yo quiero que mi mirada sea la de la verdad. Como mi arte. Prefiero hacerlo mal de verdad que bailar bien de mentira. Soy muy exigente, tanto en lo personal como en lo profesional». La paternidad lo convirtió «en otra persona». «Me queda algo de mi ser anterior, pero los hijos te hacen renacer , te reeduca, te hacen reflexionar hasta descubrir las cosas que de verdad importan, cosas que antes no valorabas y que ahora son una prioridad». Sabe que dará el testigo artístico a su hijo, pero sabe que también debe portarse como padre antes que como maestro: «Trato de separar ambas facetas. En casa, si me pide la guitarra, lo veo como un juego. Pero si estamos en el estudio, entonces es trabajo, esfuerzo, dedicación. Eso ya es un ensayo, es trabajo. Si el niño quiere dedicarse a la música, debe entender el sacrificio que eso conlleva, por eso intento ser lo más honesto con él». Para encontrar la paz, Farruquito busca en su interior: «Cada uno la encuentra en sí mismo. También la busco en Dios. Incluso en la gente que me quiere, en el agradecimiento por las cosas que te rodean ». Y no puede evitar sentirse mal «cuando te domina la impotencia al ver que no puedes ayudar a quien lo necesita». Su madre decía que el flamenco se alimenta de la desgracia y del dolor, «porque de las cosas buenas normalmente no sacamos ninguna enseñanza. En la vida muchas veces se aprende de los palos que recibes, y como no quieres llevarte ninguno más, intentas no volver a equivocarte». Pero Farruquito se rebela ante esa visión amarga basada en el sufrimiento: «Pero el arte y el amor hacen auténticas maravillas . Te pueden salvar. A mí me salvaron. Y te guían para hacer el bien en todo momento. Además, con este documental quería romper estereotipos sobre los gitanos, sobre el flamenco, y por eso he abierto mi corazón. Quería dejar un legado». Y un contundente mensaje de amor al arte. El emoji que más usa: «El corazón, pero también el de las manos juntas para dar bendiciones». Se haría un selfi con: «Me hago como si fuera un fan». Un momento 'Tierra, trágame': «Cuando me he caído en el escenario. Luego me levanto y sigo intentando mantener la dignidad». Un sacrificio por la fama: «Cuando era pequeño no pude jugar con otros niños, tirarme al suelo, ser uno más. Siempre había un adulto que me reconocía o me decía lo que tenía que hacer». Algo que no puede faltar en su día a día: «Mi familia, mis hijos, mis amigos». Un lugar para perderse: «En mi casa, con mi gente, ahí es donde me pierdo cuando puedo». Tiene miedo: «A que le ocurra algo malo a la gente que quiero». Su primer beso: «No pude dormir en toda la noche por la emoción y los nervios. Fue a Rosario, mi mujer, porque lo nuestro fue un flechazo, amor a primera vista». Un propósito que nunca cumple: «Ir al gimnasio». Dentro de diez años se ve: «Seré más viejo, pero seguiré pisando con la misma fuerza los escenarios. No me veo dejando el flamenco, lo es todo, es mi vida, así que estaré bailando, creando… Mientras tanto, prefiero disfrutar del presente, de cada momento». El pequeño Juan Manuel: «Aunque parezca mentira porque me veían bailando ante miles de espectadores, en el fondo era tímido, muy vergonzoso. Tenía mis manías, por los nervios. Y era muy soñador. Soñaba con bailar con Michael Jackson, por ejemplo. Tuve la suerte de nacer en una familia de artistas que me alentaron, que creyeron en mí. A los cinco años me enamoré del flamenco, dentro y fuera del escenario. Conocí a los más grandes artistas, esa fue una experiencia que me hizo madurar antes de tiempo, porque me acostumbré a relacionarme con adultos, y junto a ellos cumplí mi sueño. No podía ser más feliz. Era como si a un niño que le gusta el fútbol le pusieran a jugar con el Real Madrid. Para mí, la música lo era todo: yo jugaba con la guitarra, con las palmas, con los pasos».

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