COPE
El viajero y divulgador Sergio Parra ha relatado en el programa “Herrera en COPE Cataluña” su reciente y transformadora experiencia en China, donde se ha internado en una remota escuela de artes marciales en las montañas de Wudang. Recién aterrizado, Parra confiesa la dureza de la aventura: "Acabo de llegar de China, de vivir muchas experiencias intensas, que no sabía muy bien si iba a sobrevivir a ellas, pero bueno, aquí estoy". Su testimonio desvela una realidad que supera la ficción, un viaje de autodescubrimiento a través de la disciplina más extrema. La idea de embarcarse en esta aventura surgió de forma inesperada, a través de las redes sociales. "Lo vi básicamente en Instagram. Fui investigando y descubrí que se estaba poniendo de moda, sobre todo en Rusia y en Francia, lo de ir a China a hacer esta especie de retiros de sometimiento físico, mental, destrucción del ego, etcétera", explica Parra. Movido por la curiosidad y el deseo de una experiencia auténtica, decidió apuntarse. Su objetivo era claro: "Quería hacer una cosa bastante exclusiva, o mejor dicho, poco contaminada por lo occidental, que fuera puro, puro, no quería estar allí rodeado de franceses haciendo ejercicios, quería estar con chinos". Esta búsqueda de autenticidad le llevó a la Escuela de Budang, un centro menos conocido que los famosos templos Shaolin, más orientado al Tai Chi. Sin embargo, la realidad del entrenamiento fue muy diferente a la imagen preconcebida de ejercicios suaves y pausados que se tiene en Occidente. Parra lo adelanta con contundencia, desmitificando por completo la práctica. Antes incluso de ser aceptado en la escuela, Parra se enfrentó a un desafío monumental que servía como rito de iniciación simbólico para los antiguos taoístas: subir los 20.000 escalones de piedra hasta el Templo Dorado. "Tardé 6 horas y media en llegar, subiendo escaleras", relata. La prueba fue una auténtica proeza física y mental. "Las últimas 2 horas fueron una auténtica locura. Tramos de 100 escalones seguidos, muy inclinados, muy altos, superar esos 100 escalones era gritar", recuerda. La presión añadida de tener que coger el último funicular del día, que cerraba a las 17:30, le impidió detenerse. A pesar del sufrimiento, el sentimiento al concluir la hazaña fue de pura satisfacción. "En ese momento, no era feliz. Ahora me siento orgulloso de haberlo conseguido", admite. La anécdota curiosa que cierra este capítulo de su aventura es que, tras la gesta, su primera parada al bajar de la montaña fue un McDonald's para reponer fuerzas, un contrapunto cultural que evidencia el choque de dos mundos. Una vez superada la prueba, Parra se integró en la vida de la escuela, un microcosmos aislado del mundo exterior. Allí conviven unos 200 alumnos chinos de entre 10 y 16 años, ingresados por sus padres por un periodo mínimo de cuatro años. Su futuro está orientado a profesiones como el ejército, la guardia personal o la enseñanza de artes marciales. En este entorno, Parra era el único español, acompañado por un pequeño grupo de cuatro o cinco franceses. La rutina diaria era implacable: levantarse a las 6 de la mañana, entrenar sin descanso hasta las 6 de la tarde y acostarse a las nueve de la noche. La alimentación, servida en bandejas con separadores "como en la cárcel", era igualmente espartana: arroz blanco, un poco de verdura y algo de pollo. "Me pareció un infierno comer, cenar y desayunar siempre lo mismo", confiesa Parra, quien encontró una pequeña vía de escape en una máquina de vending cercana. Aunque su estancia fue de solo tres días para "probar la experiencia", el impacto fue profundo. Describe el lugar como un escenario de película donde "cada día es una aventura", desde aprender a usar una espada o practicar caligrafía china hasta realizar ejercicios extremos. Además, destaca el bajo coste de la experiencia: "Es más barato pagarte las clases, el alojamiento y la comida y vivir allí, que un cuchitril en cualquier ciudad". Una vivencia que, aunque no recomienda a todo el mundo, define como una manera inolvidable y transformadora de pasar las vacaciones.
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