La Jornada
Joel Huiqui acaricia la copa y sonríe. Festeja en el estadio Olímpico Universitario con el equipo que acaba de bordarle la décima estrella al escudo de Cruz Azul al vencer a Pumas en la final (2-1). En la cabecera visitante, cientos de aficionados gritan hasta las lágrimas. Son expresiones de felicidad, pero también de angustia, coraje la resaca de varios años de fracasos y derrotas, el eco de esas voces que acusaban de perdedor a uno de los clubes más ganadores del futbol mexicano. Pero el deporte, que siempre es imposible de descifrar, decidió ayer dictar un poco de justicia para La Máquina.
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