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Magnifica Humanitas está plagada de referencias culturales que guardan un significado muy profundo. El Papa ha elaborado un documento que puede ser central durante todo su pontificado, no en vano está influenciado a Rerum Novarum, el documento central del pontificado de León XIII publicado 135 años antes sobre los retos de la Revolución Industrial. El reto ahora es la Inteligencia Artificial y, la capacidad humana de atraerla hacia el bien común y alejarla de los peligros deshumanizadores que parece traer consigo. León XIV no atribuye en exclusiva a la tecnología la capacidad de deshumanizar, de hecho, asegura en su encíclica que «la corrupción moral de nuestro límite creatural —el mal que evidentemente agita el corazón del hombre— arruina la sociedad y la vida, llegando incluso a extremos de deshumanidad.» El Papa, sin embargo, deja muy claro que, incluso en esos extremos, el bien encuentra un resquicio: «Aun cuando el ser humano se deshumaniza y provoca tragedias, una pequeña luz sigue brillando en la humanidad y sigue siendo capaz de reavivarse, con la gracia de Dios, recorriendo caminos de conversión y reconciliación.» Aquí llega la primera referencia cultural, una cita al escritor y psiquiatra Viktor Frankl, superviviente del Holocausto que, sobre este terrorífico capítulo de la Historia de la humanidad escribía lo siguiente: «hemos llegado a conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios». En ese límite de dolor, fracaso y vulnerabilidad, dice León XIV, el ser humano «puede reconocer la dignidad propia y ajena como inviolable. Y en la misma experiencia del límite, sigue siendo capaz de intuir una fraternidad más grande que él mismo y de reconocer la injusticia como escándalo». El Papa ve, en la cultura y en el arte, el papel de custodios de «esa chispa» que impide la normalización del mal. Ahí, en ese ámbito artístico, el Papa cita tres obras proféticas y, una de ellas, tiene firma española. En primer lugar, el Papa se refiere a la Novena Sinfonía de Beethoven, una de las piezas más reconocidas del genial compositor alemán: «la Novena Sinfonía de Beethoven como deseo de unidad». Durante sus cuatro movimientos, al música experimenta una profunda lucha interna, un inicio oscuro, tétrico, grave, que los expertos han interpretado como la lucha del ser humano contra las adversidades, poco a poco la música evoluciona hacia el tercer movimiento donde se avista por fin la esperanza, aun de forma melancólica, pero encuentra esa luz a la que se refería el Papa, para estallar de gozo en el cuarto movimiento, con esas notas mundialmente reconocidas como Himno a la Alegría que componen actualmente, el himno de Europa. El Papa incluye entre esas obras proféticas al Guernica de Picasso. La pintura, expuesta en el Museo Reina Sofía de Madrid, fue un encargo del gobierno republicano al pintor malagueño en plena Guerra Civil. El Papa se refiere a la magnífica y rocambolesca obra como un ejemplo de «denuncia de la deshumanización». El cubismo, como estilo artístico rompedor, encumbró a Picasso que, de una manera magnífica, lo utilizó para representar el caos, la aleatoriedad, la crueldad, la crudeza y la injusticia del que fue el primer bombardeo sobre civiles de la Historia, el bombardeo de la aviación alemana sobre la población de Gernika, en el País Vasco. León XIV se fija, entonces, en el cine, concretamente en una de las obras maestras del séptimo arte, La lista de Schindler de Steven Spielberg. La película es, sin duda, la película más famosa que se ha hecho nunca sobre el Holocausto. Estrenada en los años 90, Spielberg decide estrenarla en blanco y negro en la mayor parte de la cinta. El largometraje cuenta la historia de un empresario alemán, Schindler, que, aunque en un principio parece un personaje sin escrúpulos, acaba salvando a cientos de judíos del exterminio al refugiarlos en su empresa. La película nos muestra, sin censura, el sadismo que caracterizaba los campos de exterminio nazi, es una cinta que se le queda grabada en la retina a cualquiera que la ve y, por eso, el Papa se refiere a ella «como una invitación a no entregar el pasado al olvido.» Siguiendo con el horror nazi, el Papa también se detiene en la filósofa judía Hannah Arendt, exiliada por el feroz antisemitismo del partido de Hitler de su Alemania natal. El Papa se refiere en ese capítulo a la verdad y a su búsqueda como «elemento esencial de la democracia». León XIV desarrolla en este pasaje la tesis de que «quienes disponen de recursos técnicos y económicos -y con ellos, también muchos recursos humanos para intervenir- tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y, en última instancia, para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia e incluso sobre Dios. Se trata de puro poder carente de verdad, que impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren como verdadero». Sobre esta circunstancia cita la siguiente frase de la filósofa Arendt sobre los súbditos ideales y su identidad, no tan cercana a los que están ideológicamente convencidos, sino a «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)». Uno de los autores cristianos por antonomasia es JRR Tolkien, el autor de El Hobbit y El Señor de Los Anillos, entre otras grandes obras de la literatura de ficción. El Papa cita también al escritor nacido en Sudáfrica, para animarnos a que todos pongamos de nuestra parte para plantar cara a los problemas de nuestro tiempo a no caer en la «tentación sutil» de que son demasiado grandes como para poder afrontarlos. Para definir esa responsabilidad personal de cada individuo, León XIV suscribe una frase de uno de los personajes de Tolkien: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza». La cultura ha sido, quizá, uno de los sectores más críticos con la inteligencia artificial. Probablemente porque la cultura, por definición, es humana y reflejo de humanidad y, como tal, no puede ser replicada nunca por algo no humano. El ser humano refleja en la música, en la pintura, en la escritura, el cine y en tantos otros campos culturales, sus valores, sus emociones, su esencia humana en todo su esplendor, la cultura es cultura en tanto en cuanto sale del hombre y, por eso, nos chirría que la IA se invente un libro, una película o incluso pinte un cuadro, tratando de imitar lo que ya ha hecho el ser humano. Sí, es más precisa; sí, comete menos errores; sí, también es más rápida, pero carece de la experiencia humana y por lo tanto carece de realidad, de credibilidad. No podemos sentir la empatía, no podemos unir la obra a una experiencia de vida de los autores, tampoco a una emoción reflejada, a un pensamiento o a cualquier otro elemento exclusivamente humano, porque, simplemente no lo ha habido, no ha existido en el proceso de creación. La IA no se inspira en lo anterior, sino que copia y, en el arte y en cualquier otro ámbito social y humano, la copia ha carecido de valor, se ha considerado pobre, porque no refleja en modo alguno el carácter, ni la dignidad humana.
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