Ultima Hora Mallorca
No una sino dos superproducciones llevaron al cine el texto de Tolstói. Dos son también los conflictos militares en nuestro entorno, aunque con distinta dinámica. De un lado la guerra de Ucrania, resultado de la expansión continua de la OTAN hacia el este y la injerencia clara de EEUU en la caída del presidente Yanukóvich. No se hizo para favorecer la democracia ni a la UE; la frase telefónica de Victoria Nuland «fuck the EU» lo dejó claro. La motivación fue simple: laminar la economía rusa, quedarse con su mercado europeo y promover un conflicto bélico de larga duración para beneficiar a la industria militar. Por eso, cuando el 29 de marzo de 2022 se llegó en Estambul a un borrador de acuerdo, Boris Johson corrió a Kiev para evitar que se firmase la paz. El plan incluye la absurda idea de que Rusia pretende invadir Europa, lo que no tiene ningún sentido ni territorial, ni comercial y mucho menos militar (la UE es tres veces superior). Aquí sí habrá un acuerdo de paz. El otro conflicto, el de Israel y Palestina, –con la extensión actual a Irán– es muy diferente. La pretensión israelí de que desaparezca Palestina es un caso claro de política genocida mantenida en el tiempo. Aquí nada de mediadores: los británicos que intentaban equilibrar las cosas saltaron por los aires en el hotel Rey David, el conde Folke Bernadotte –que tras negociar la liberación de unos 31.000 prisioneros judíos de los campos nazis fue nombrado mediador para la paz en Palestina en 1945– fue asesinado a quemarropa por el grupo sionista extremista Lehi, junto al observador de la ONU André Serot. Por firmar los Acuerdos de Oslo, un extremista sionista asesinó a Yitzhak Rabin, primer ministro de Israel. Esto por no hablar de las muertes de periodistas, sanitarios, personal de la ONU, incluyendo cascos azules, niños, etc. Aquí no habrá paz definitiva hasta que Palestina desaparezca, con nuestra cómplice indiferencia.
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