Cope Zaragoza
Wall Street está siendo testigo de un fenómeno surrealista: las empresas privadas más deseadas del planeta, como OpenAI, Anthropic o SpaceX, pierden miles de millones de dólares. A pesar de ello, los mayores inversores del mundo, desde fondos soberanos hasta fondos de pensiones, están desesperados por invertir en ellas, pagando valoraciones cercanas al billón de dólares. Esto ya no es solo una historia sobre tecnología; empieza a parecer una nueva fiebre financiera global. La era de los modelos digitales baratos de escalar, como lo fueron en su día Facebook o Google, está dando paso a una nueva fase de capitalismo tecnológico. La razón es que la inteligencia artificial ya no es solo software, ahora es infraestructura. Detrás de la "magia" de hacer una pregunta a ChatGPT o Gemini se esconde una realidad física monstruosa. Se necesitan gigantescos centros de datos, miles de chips especializados y un consumo eléctrico comparable al de ciudades enteras, lo que convierte a la IA en una industria intensiva en capital. OpenAI es el ejemplo perfecto. A pesar de multiplicar sus ingresos por 20 en solo dos años, sus pérdidas son gigantescas. En 2024, facturó 7.300 millones de dólares, pero perdió 5.000 millones debido a costes brutales en computación, chips e infraestructura. Esta dinámica explica por qué sus previsiones internas han empeorado. Como señala el analista Pablo Gil, "cuanto más crece la inteligencia artificial, más centros de datos necesitan, más chips necesitan, más electricidad necesitan y más infraestructura necesitan". Según estimaciones de Deutsche Bank, la compañía podría acumular pérdidas de 143.000 millones de dólares antes de alcanzar la rentabilidad, previsiblemente hacia 2030. El aspecto más infravalorado de esta revolución es el gasto en infraestructura (CAPEX). En 2025, las grandes tecnológicas gastaron conjuntamente unos 448.000 millones de dólares. Para 2026, las previsiones son todavía más extremas: Amazon podría gastar 200.000 millones, Microsoft y Alphabet alrededor de 190.000 millones cada una, y Meta hasta 145.000 millones. En total, estas compañías podrían acercarse a los 725.000 millones de dólares de gasto en infraestructura en un solo año. Son cifras comparables al PIB de países enteros, destinadas a centros de datos, servidores, fibra óptica y redes eléctricas. El verdadero cuello de botella es la energía, ya que cada nuevo centro de datos dispara la demanda mundial. Como afirma Gil, "la IA está devolviendo el mundo tecnológico a la economía física, electricidad, hormigón, cobre, agua, energía, infraestructura". Este cambio de paradigma explica la necesidad de capital sin precedentes. Este escenario plantea la pregunta de si estamos ante una nueva burbuja tecnológica. Existen elementos especulativos, como valoraciones gigantescas para empresas sin beneficios. Sin embargo, a diferencia de la burbuja punto com, la IA actual ya genera ingresos reales y se basa en una infraestructura física tangible. Perder dinero no siempre es un síntoma de fracaso; puede ser una inversión para construir una nueva infraestructura global, como ocurrió con Amazon o Tesla. La euforia por la IA podría estar financiando la infraestructura que transformará el mundo, al igual que las burbujas ferroviarias financiaron las vías del siglo XIX y la de las puntocom financió internet. La pregunta clave para los inversores no es si la IA cambiará el mundo, sino a qué precio merece la pena invertir en ella. Como en todas las grandes revoluciones, habrá compañías extraordinarias y precios completamente absurdos, y solo el tiempo dirá qué modelos eran realmente sostenibles cuando el mercado deje de financiar pérdidas ilimitadas.
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