ABC
Una nota del editor al final de 'No entender', el último libro de la escritora argentina Beatriz Sarlo , da cuenta de algo importante: ella comenzó a escribirlo en 2017, lo entregó a Siglo XXI Editores en abril de 2024, y entre mayo y noviembre trabajó con la editorial en los detalles finales. Pero la autora no alcanzó a verlo publicado, porque murió en diciembre, a los 82 años, después de sufrir un accidente cerebrovascular . Una lástima, porque este fue sin duda su libro más particular, y más entrañable: unas memorias —a las que ella ha añadido las palabras «de una intelectual»— que muestran el proceso de una vida que giró siempre alrededor del pensamiento y la llevó a ser una de las ensayistas más interesantes de América Latina. Sarlo nos cuenta, con gracia e inteligencia, cómo fue su infancia y su iniciación en la lectura de la mano de un padre amoroso, con poco sentido de la realidad y gustos aristocráticos; de unas tías y unas primas que siempre creyeron en ella , y «del encono y la distancia» que la separaba de su madre, una figura a la que escasamente le dedica unas pocas líneas. También de su curiosidad por la figura de Evita Perón, y de su confusión en cuestiones de gusto, que hacía que combinara «ridículamente» las radionovelas con los poemas de Amado Nervo –. «El buen gusto innato es, en verdad, una capacidad adquirida», nos dice, en una de sus muchas frases brillantes, no exentas de humor. Nos habla de su avidez lectora, de su rebeldía temprana, y de su deseo, desde muy pequeña, de ser original, moderna, diferente . «Era una despistada con pretensiones». También de sus amistades más valiosas y hasta de sus parejas, señalando algo que pinta muy bien su manera de estar en el mundo: «Con cada relación perseguí una idea de aprendizaje, de transferencia o de intercambio, de diálogo y polémica». Pero el eje de sus memorias lo enuncia así: «No entender fue mi experiencia primera y definitiva. Comencé no entendiendo, y casi enseguida, acepté que ese era el punto de pasaje a todo lo que valía la pena». El desarrollo de esa tesis va a resultar fascinante y a permitirnos entender cabalmente quién fue Beatriz. Primero la niña que se fascina, en una serranilla del Marqués de Santillana, con la palabra 'finojosa', que le era extraña, pero a la que atribuía sentidos posibles; o con el ballet de Stravinsky, al que la lleva una prima, y que le reveló «que el arte es precisamente no entender». «Yo imaginaba entender lo que no entendía», nos dice, antes de recordarnos que muchas veces nuestras relecturas nos revelan que la primera lectura «fue un tejido de atribuciones y presupuestos inciertos». Lo que termina haciendo Beatriz Sarlo es un elogio de la dificultad, que ella considera que es una de las cualidades del arte. Y nos propone que «no entender es el capítulo inicial de un viaje», porque nos hace desconfiar de nuestras primeras conjeturas, de la placidez del primer sentido que le atribuimos a la obra, y nos lanza a la aventura de explorar. El discernimiento que está en el origen de este libro tiene que ver con lo que sería una ética : «Convencida de que entender era un trabajo, me acostumbré a que ese trabajo fuera un placer». Me encanta, además, que Sarlo reivindique en el título su condición de intelectual, un término hoy tan desprestigiado, que muchos escritores y ensayistas menosprecian. Porque lo era: alguien fascinado por el pensamiento, capaz de dudar y de revisar sus ideas, que siempre mantuvo un «rechazo irritado frente a las opciones tajantes».
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