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Miguel Lladò ha sabido toda su vida que era distinto al resto. Desde que era pequeño «era evidente» que tenía autismo pero él no quería saber nada del tema. También es hemofílico y veía el TEA (trastorno del espectro autista) como una debilidad: «No quería saber que era autista porque me sentía más débil», reconoce. Sin embargo, hace un año decidió, finalmente, coger el toro por los cuernos y ponerle nombre a su neurodivergencia: «Cuando le puse nombre encontré un poco de felicidad, de luz, pude decir ‘joder, estoy en este grupo, no tengo que cambiar, soy así y a quien le guste bien y a quien no, mala suerte’», asegura.
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