La Opinión de Murcia
Confieso que me toca la moral, por no decir las narices, por no mencionar lo que empieza a dibujarse por debajo del pubis, cuando recibo una llamada, un correo o un mensaje de WhatsApp, curiosamente casi siempre en el ámbito laboral y procedente de un superior, en el que la conversación suele comenzar en tono imperativo y sin saludar.
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