La Opinión de Málaga
Todavía no he conocido a nadie que sea coherente. ¿Será mala suerte? ¿Será la maldición de los ‘ídolos’ con los que describe nuestra condición humana el filósofo británico, con nombre de esa panceta que casa bien con los dátiles o se sirve habitualmente en muchos desayunos contundentes, Sir Francis Bacon? Es más, ¿sirve de algo ser coherente? Esto es algo que suele sacudir las conciencias de los adictos a la lógica filosófica y que amenaza el imperio saludable de la tecnociencia en este valle de lágrimas donde la verdad se ha ido de vacaciones a algún resort ya existente o diseñado por Trump o alguno de sus asesores en Oriente Medio o en el Caribe para poner punto y final a los conflictos bélicos en tierra de muchos y de nadie. Sin planeta no hay croquetas y sin coherencia racional no hay verdad. El creyente puede aspirar a ser coherente, a efectos prácticos, con un sistema de creencias, especialmente en los espectáculos de masas. Por ejemplo, cuando se adentra en la maraña de los rituales religiosos, vocifera en un estadio deportivo con miles de gargantas profundas o se manifiesta públicamente para defender actuaciones guiadas por la moralidad o censurar la de otros con notable agilidad.
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