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Urdiales y el viejo milagro del toreo caro en Las Ventas | Collector
Urdiales y el viejo milagro del toreo caro en Las Ventas
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Urdiales y el viejo milagro del toreo caro en Las Ventas

Hay tardes en Madrid donde el toreo vuelve a sonar antiguo. Donde el tiempo se ralentiza, el temple pesa más que el ruido y la naturalidad termina imponiéndose a cualquier artificio. Eso ocurrió en la Corrida de la Prensa con Diego Urdiales, que abrió la Puerta Grande de Las Ventas reivindicando ese viejo milagro del toreo caro, el que parece sencillo aunque exija una precisión y un pulso extraordinarios. Bajo la mirada de Felipe VI, recibido con una cerrada ovación al ocupar su localidad en el tendido 9 junto a Victorino Martín, el riojano firmó la actuación más profundas de esta feria frente a una notable corrida de Juan Pedro Domecq que dejó cuatro toros de auténtica categoría. En ese contexto, Roca Rey volvió a cargar con la responsabilidad de ser la primera figura del actual escalafón y cortó una oreja de enorme responsabilidad, mientras Bruno Aloi confirmó alternativa con dignidad y buen concepto. Diego Urdiales encontró desde el capote el tono exacto de la tarde. El segundo, un cinqueño precioso de expresión y trapío, permitió ya en el recibo algunos lances de exquisito temple hasta la boca de riego. Hubo cadencia, naturalidad y una media de enorme personalidad antes de otro gran quite a la verónica que terminó de marcar diferencias. El toro tuvo profundidad y calidad en la muleta, aunque siempre dentro de una raza medida que exigía pulso y cabeza. Urdiales apostó por el toreo fundamental, sin prisas ni artificios, construyendo la faena a partir de muletazos sueltos de enorme pureza, especialmente al natural. Todo tuvo torería y serenidad, sin una sola crispación. La gran estocada puso en sus manos una oreja de enorme peso. Y todavía fue más rotunda su dimensión frente al cuarto. Un cinqueño de mucha cara y excelente condición al que el riojano volvió a torear con suavidad desde el capote antes de firmar un quite extraordinario, rematado con una media eterna que puso a la plaza en pie. La faena comenzó de rodillas y continuó ya en vertical con todo el repertorio clásico de Urdiales: trincherillas lentísimas, muletazos cosidos desde la cintura y un concepto donde todo sucede despacio. El toro tuvo prontitud, clase y movilidad, aunque fue perdiendo gas conforme avanzaba el trasteo. Ahí apareció la inteligencia del riojano para no exigir más de la cuenta y mantener siempre el gobierno de la embestida. El final doblándose con el toro y la gran estocada terminaron por abrir de par en par la Puerta Grande de Madrid. Roca Rey asumió otra vez el peso de la tarde y dejó una actuación de enorme responsabilidad, especialmente frente al quinto. Ya en el tercero había aparecido su versión más comprometida y arriesgada. El quite por gaoneras silenció literalmente la plaza y el inicio de faena por estatuarios volvió a evidenciar ese valor seco y desafiante que marca tantas veces sus actuaciones en Madrid. El toro, sin embargo, nunca terminó de emplearse de verdad. Tuvo mejor embroque que final y obligó al peruano a sostener prácticamente toda la emoción desde el poder y la capacidad. Fue una de esas faenas menos evidentes pero de enorme mérito técnico y mental. La gran estocada dejó todo en una ovación. Con el quinto sí encontró un toro de mayor duración y calidad. Un castaño chorreado, de magníficas hechuras y muy buen pitón derecho. Roca Rey brindó al público y apostó desde el principio por una faena de máxima exposición, iniciada de rodillas y pasándose la embestida por la espalda. A partir de ahí construyó un trasteo muy ceñido, especialmente sobre la diestra, llevando siempre la embestida muy por abajo y sin dejar pensar al toro. El izquierdo tuvo más exigencia y menos entrega, pero el peruano mantuvo exactamente el mismo nivel de compromiso y firmeza. La faena fue creciendo en intensidad hasta dos series finales a derechas de enorme mando y conexión con los tendidos. El pinchazo previo dejó la obra reducida a una oreja tras aviso, aunque de notable peso por responsabilidad y entrega. Bruno Aloi confirmó alternativa con dignidad y buen concepto, aunque el lote menos agradecido de la corrida limitó mucho sus opciones de triunfo. El primero, un toro noble pero soso y sin apenas acometividad, permitió al mexicano dejar algunos muletazos estimables dentro de un conjunto correcto y asentado. El protocolo de la confirmación llevó además el brindis al Rey Felipe VI. La espada, sin embargo, volvió a emborronar todo tras varios pinchazos previos. El sexto cerró la tarde con un toro más simple, obediente pero falto de ritmo y transmisión. Aloi intentó agradar y mantener siempre el buen aire de toda la tarde, aunque la faena terminó resultando demasiado anodina para levantar definitivamente el ambiente. El pinchazo y la estocada pusieron final a una tarde marcada por el clasicismo de Diego Urdiales y la importancia de una corrida de Juan Pedro Domecq que dejó toros de verdadera categoría.

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