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Alexia Putellas, el sereno magnetismo
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Alexia Putellas, el sereno magnetismo

No parece Alexia Putellas una futbolista que haya tenido que pelearse el foco, sino alguien para quien el foco era la convivencia natural de una chica con destrezas mayores, ordenando el juego. Acaba de despedirse del Barca , y es un adiós más ancho, porque ella aupó una época apoteósica del fútbol femenino. Nos regaló el poderío sereno, que es una forma más severa, adulta y extraña del carisma. Alexia no entra en el fútbol como una celebridad emergente sino como una institución en curso. Siempre estuvo ahí, altísima. Reúne el don de un magnetismo que nunca necesita aspaviento , porque no seduce desde el ruido sino desde la autoridad, tan a menudo estética. No proyecta el narcisismo ornamental de alguna futbolista diseñada para la portada, aunque perfectamente podría habitarla, sino una elegancia más vieja, más sobria, de linaje deportivo, casi, como si en vez de diseñar su personaje hubiera decidido simplemente parecerse a sí misma, más la disciplina. Aprende a hacerte el que eres, dijo el clásico. Pues eso. Su imagen no es la del desenfado instantáneo ni la espontaneidad manufacturada en una época, la nuestra, que lleva cualquier gesto banal hasta la estrategia de marca. Hay en ella una cosa incógnita y definitiva , una compostura que asoma anterior incluso al mercado. No es Alexia el producto de una generación que primero aprende a posar y luego a competir. Milita, más bien, en esa rara estirpe de deportistas cuya imagen comercial llega tarde, porque primero hubo que levantar el mito deportivo con el oficio demorado de una zurda. Si otras figuras parecen cuidar un departamento creativo detrás de la naturalidad, Alexia parece tener una junta directiva detrás del silencio. Incluso cuando sonríe, practica una economía institucional del gesto. No ha vendido juventud como promesa, porque su iconografía no se sostiene en el porvenir sino en la consagración. No es el lujo futuro sino la legitimidad ya conquistada. Hay estrellas que se promocionan como posibilidad. Alexia siempre apareció como evidencia. Por eso produce una impresión sensacional en el escaparatismo de figuras urgentes y celebridades con fecha de fama de ráfaga. Su fama no prospera hinchada por la cultura del clic, sino ganada en el mérito, ese sitio tan antiguo y poco frívolo. Vivimos las épocas del enamoramiento de lo precoz, del embeleso por el niño prodigio , de la pasión por el fenómeno súbito que aún no se afeita a diario, pero ya firma contratos siderales. Alexia pudiera representar lo contrario, o casi lo contrario, porque ha sido lo suyo el lento trabajo del prestigio. Le debe mucho el fútbol femenino, que es como decir el fútbol en general, obviamente. El deporte moderno pide personajes simplificados, que incluyen la guerrera, la rebelde, la estrella efervescente, la mártir de la lesión, la capitana épica. Alexia podría encajar en todas estas condiciones y, sin embargo, escapa un poco de todas . Tiene algo de relojera del mediocampo, algo de violinista súbita, algo de desobediente discreta. No juega a mandar desde la arenga sino desde la gramática. Lo suyo parece siempre otra cosa, como una administración aristocrática del caos. Algo así. Juega como quien va corrigiendo un texto mal escrito. Nunca aceleró para impresionar, sino al vislumbrar el aire del momento exacto. No ha cumplido en el talento una algarabía sino una arquitectura. Y luego está la herida, la herida de Alexia un día, claro. La lesión, aquella lesión ya lejana , le añadió a su biografía interrupción, fragilidad, y regreso, que es lo que los clásicos reclaman a cualquier héroe solvente. El deporte contemporáneo adora tanto la perfección sin fisura como la caída televisable. Alexia ofreció ambas cosas con una sobriedad casi antipublicitaria. Se va con ella una etapa. Una época.

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