CORDÓPOLIS
La 85º Feria del Libro de Madrid reúne a parte de sus plumas en un viaje en tren, publicitado en redes como #TrendeLaCultura, #LeerEsUnaFiesta, #PlanetaDeLibros. Ovación y aplausos se merece la sencilla y eficaz idea. Dicho sin traza alguna de ironía: que, a los libros, a quienes los escriben, a quienes los leen, a quienes los editan y a quienes los colocan en los anaqueles de librerías y bibliotecas públicas hay que situarlos en el centro del mundo. Es mayo de 2026 y un halo del perfume de las Misiones Pedagógicas se cuela por la luna sin ventanillas de los modernos trenes de hoy día. Un tren para hacernos viajar hacia los libros y desde los libros. Para abrir apetitos lectores. De la cultura. De libros. Escenario de ídem. Desde Trenes rigurosamente vigilados , de Bohumil Hrabal, El tren pasa primero , de Elena Poniatowska, El largo viaje , de Jorge Semprún, hasta Extraños en un tren , de Patricia Highsmith, y Asesinato en el Orient Express , de Agatha Christie, pasando por Ventajas de viajar en tren , de Antonio Orejudo, El tren de los niños , de Viola Ardone, El tren nocturno de la Vía Láctea , de Miyazawa Kenji, Volver a Canfranc , de Rosario Raro, El tren de la última noche , de Dacia Maraini, Los años de peregrinación del chico sin color , de Haruki Murakami, o los cruciales andenes de Harry Potter y la piedra filosofal (J.K. Rowling) y Ana Karenina ( L. Tolstói), por el vértigo de lo mágico y de la pasión amorosa (es obvio que, respectivamente). Se me alegra el sábado, la verdad, con esto de ir de feria en feria, de caseta en caseta, de la cola de los cacharritos a la de las firmas de autoras y autores, de la Feria de Mayo en el cordobés Arenal hasta la madrileña del libro y la lectura en El Retiro. Me enamora esto, en fin, de que mujeres y hombres de letras se suban a una bonita composición de un tren de nuestra Renfe, y sea algo que ocupa las portadas y luzca sobre su simbólica alfombra de color púrpura o magenta ferroviario. Ellos y ellas posan junto al tren, este tren especial de la cultura, que es uno entre los cientos que deberían recorrer nuestros cerebros, nuestros hábitos, nuestro apego a la palabra escrita, nuestra entrega a leer, puñetas, a leer. Hizo escala el tren en Córdoba, capital de las tres culturas, mientras ponía rumbo a la Villa y Corte, en la que también tanta literatura se ha escrito. Pues fue allí donde batalló don Luis de Góngora en busca de cargos y mercedes de buena remuneración. Donde tanto amó Lope de Vega, y quiso soñar que amaba el complicado corazón envuelto en zarzas de Quevedo. Donde bravuconeó Vallé Inclán, el de los espejos deformantes del esperpento. Donde los Machado hacían tertulia y aspiraban a dramaturgos de éxito. Donde la Generación del 27, con nuestro Lorca vibrante en su seno, eclosionaba. Donde Luisa Carnés retrataba a las mujeres obreras. Donde las corresponsales de guerra hicieron un brillante y heroico trabajo desde el verano del 1936, ahora iluminado gracias a la obra Rescatadas del olvido: tras los pasos de las extranjeras que escribieron sobre España , de Ana Cañil. O donde una joven Carmen Martín Gaite escribía con urgencia y firme vocación, justo cuando su hija Marta se quedaba dormida. Bien mirado, los trenes deberían de ser, como antaño y hasta la eternidad, un buen lugar para leer. Eso sí, se necesita un ambiente de silencioso o apacible relax, cero de gente que hable a voces, que se quite los zapatos, que invada tu lado del reposabrazos, que no mueva constantemente las rodillas y los pies, que tampoco tenga una sensibilidad exacerbada como la mía. Cero incertidumbres sobre si se llegará a tiempo. Cero incidentes de esos que dejan al pasaje a punto de fenecer de calor en medio de la llanura o el valle del Guadalquivir sin que informen con celeridad sobre ello ni con el trato que se espera, que sería el que nos corresponde como ciudadanía viajera, turista, contribuyente, persona humana con sus problemas de salud física y riesgos de ansiedad. Estas cosas siguen pasando. Hace escasas fechas, nada más salir de Sevilla Santa Justa, el tren estuvo parado y sin climatización. La reacción de la empresa: tardía; que es decir como casi ninguna. El silencio acostumbrado y la pericia para no pasarse de los minutos que conllevarían devolver el importe del billete. Pasan los años y las décadas, ocurren hechos muy graves y dolorosos, se deja en ello trabajar a la Justicia; prosigue la reparación de los daños del temporal; se recupera la normalidad del tren atestado y ¡qué vivan la economía y el empleo!; viajan por las vías y resuenan en los vagones las palabras de la literatura; se implementan estrategias de comunicación, de atención al cliente, de compliance, de todo lo que se pueda implementar… Y, en fin, sigo echando en falta en nuestra Renfe alguna disposición de mayor cuidado, trato en igualdad y justo mimo a las personas usuarias. Aspiro a trenes de libro, tan flamantes y puntuales como cuando España dio a luz una de las más avanzadas infraestructuras ferroviarias del contexto europeo e internacional. Y, entretanto, recobramos el pulso inversor, gestor y otras claves necesarias, imagino libros de vidas y trenes, libros que podrían escribir sobre nuestra historia reciente autoras y autores como Leila Guerriero, Javier Cercas, Emmanuel Carrère o alguien que quizás ya la haya comenzado narrar en la soledad de la hoja o la pantalla en blanco.
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