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Vivimos en todos los órdenes (el político, el social, el económico…) una etapa de fin de ciclo. En España, quizá porque el entendimiento ha sido siempre la excepción y la polarización (incluso tan extrema como para llegar a una guerra civil) la norma, los fines de ciclo han sido habitualmente tumultuosos. A Adolfo Suárez, al que Alfonso Guerra llamaba en el Parlamento tahúr y unas cuantas y peores cosas más, no le bastó ni siquiera con dimitir para evitar que unos cuantos espadones, por fortuna más patéticos que profesionales, intentaran con las armas acabar con la democracia, apoyados por lo que entonces llamábamos los “poderes fácticos” y ahora se confunde con “la fachosfera”. El golpe fracasó pero el partido que Suárez había fundado para liderar con él el camino hacia la Democracia desapareció en apenas unos meses. Después vino el triunfo arrollador de Felipe González pero también su final, con el GAL, el escándalo de Roldán y el el del gobernador del Banco de España, un ministro dimitiendo un día y otro al siguiente mientras Aznar repetía aquella cansina cantinela del “paro, despilfarro y corrupción” o el famoso “váyase, señor González” fue tan agónico que la derrota supuso para él, según confesión propia, un alivio en vez de un castigo.
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