Diario CÓRDOBA
Luis Enrique Martínez García (Gijón, 1970) fue uno de esos jugadores que en el campo ya lo apuntaba que. Una vez retirado del fútbol profesional seguiría en él como entrenador, no había duda. Generalmente, se señala para ese propósito a futbolistas que se desenvuelven en el eje del campo –centrales, mediocentros, incluso delanteros- como «jugadores entrenadores». Pep Guardiola era un ejemplo de esos futbolistas con visión de juego que, además, calmaban a los compañeros en los peores momentos. Sin embargo, Luis Enrique daba más el perfil de un corazón excesivamente caliente, no exento de calidad, aunque con una sangre que podía traicionarle en más de una ocasión. También su transparencia, en el campo y fuera de él. Si algún día decidía situarse en la banda para dirigir a un equipo podía «dar juego». Pero nada más lejos de la realidad.
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