Cope Zaragoza
Hay voces que se quedan para siempre en la memoria colectiva, y la de Mercedes Montalá es una de ellas. Como la voz española de Julia Roberts, ha acompañado a la actriz en sus papeles más emblemáticos, creando una conexión casi familiar con el público. Tres décadas después del fenómeno de Pretty Woman, Montalá repasa una carrera llena de luces, algunas sombras y, sobre todo, una libertad recién conquistada que le permite disfrutar de su oficio más que nunca. Sus comienzos en el mundo del doblaje no fueron sencillos. Montalá recuerda un camino "tortuoso", donde incluso le llegaron a decir: "nena, tú no vales para esto". Sin embargo, su perseverancia fue más fuerte. "Nunca hay que escuchar a estas personas que tienen sentencias", afirma. Sus primeros pasos los dio en el estudio Lever con Alberto Trifol, "la historia del doblaje", y fue allí donde empezó a forjarse una carrera que, sin ella saberlo, ya estaba ligada a la de una futura estrella de Hollywood. El destino se manifestó de forma premonitoria mientras doblaba la serie Corrupción en Miami. Le asignaron dos frases para un personaje secundario, la novia de Don Johnson, que resultó ser una jovencísima Julia Roberts. Años después, tras doblar Magnolias de Acero, llegaría el papel que lo cambiaría todo. Doblar Pretty Woman fue una experiencia que la marcó profundamente. La película, que se grabó de forma cronológica, le permitió vivir la historia como si fuera suya. "Richard Gere subió, porque yo era ella", confiesa al recordar la mítica escena de la escalera. Aquel día, salió del estudio "volando", sintiéndose completamente feliz. A pesar de la magia, el trabajo fue "dificilísimo". Montalá destaca la complejidad de replicar las risas y la naturalidad de Roberts, como en la famosa escena del collar. En aquella época, los actores de doblaje trabajaban juntos en la misma sala, algo que, según ella, "generaba una química y un ambiente" que se transmitía en el resultado final y que hoy echa en falta. Mercedes Montalá se muestra crítica con la evolución de la industria. Lamenta la pérdida del trabajo en conjunto, que ha dado paso a una individualidad que "nos separa". "Creemos que formamos parte de una profesión, pero el día a día hace que creas que estás solo", señala. Este método, más rápido y eficiente para las productoras, corre el peligro de convertir a los actores en "una máquina" y de despojar al trabajo de su esencia. Para ella, el secreto está en la emoción y la conexión. "Cuando un trabajo tiene alma, el espectador no piensa, pero eso está ahí, eso te atrapa", reflexiona. Frente a los avances tecnológicos y la inteligencia artificial, defiende el factor humano como un elemento insustituible en las profesiones artísticas, un "alma" que una máquina no puede replicar. Con la madurez, Montalá ha encontrado una nueva forma de afrontar su trabajo, con menos presión y más disfrute. "Yo ahora disfruto con total libertad. Y la libertad es lo más maravilloso del mundo", asegura. Aunque ha doblado a grandes estrellas como Michelle Pfeiffer, Emma Thompson o Anette Bening, su vínculo con Julia Roberts sigue siendo especial, una actriz a la que ha "diseccionado" y respeta profundamente por su inteligencia y su capacidad para crear personajes únicos en cada película.
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