ABC
La otra noche salí a cenar con mi esposa en un restaurante cercano a casa, sin sospechar las consecuencias catastróficas de aquella decisión, sin imaginar a los enemigos agazapados que nos esperaban para emboscarnos. Llegamos puntualmente a las nueve y media. No nos sorprendió que, siendo un sábado, el lugar se encontrase desbordado de gente bulliciosa que hablaba y reía a gritos. Nos asignaron una mesa pequeña, mal ubicada, demasiado cerca de otros comensales. Pensé que nadie me reconocería. Si bien llevo más de cuarenta años saliendo en las televisiones americanas, ya nadie ve mi programa. Los primeros en ponerse de pie y acercarse a nuestra mesa con ánimo beligerante fueron dos peruanos, un hombre y una mujer, que vestían... Ver Más
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