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Estamos a las puertas del verano y el Partido Popular acaba de publicar su ponencia política con una sorpresa: propone revolucionar la economía de las Islas para contener el abrumador crecimiento poblacional de los últimos años. Recordemos que el mismo PP lleva tres años gobernando y lo que ha mostrado es exactamente lo contrario. Sí, se han dado pasitos tímidos para favorecer otros sectores productivos –van a construir pisos para los trabajadores de empresas tecnológicas en el Parc Bit–, pero la apuesta decidida es por el turismo. Más plazas, más visitantes, más coches, más ruido, más saturación… un mundo insoportable. Eso sí, más, muchos más beneficios para los empresarios del gremio, que son quienes realmente gobiernan Balears desde hace décadas. Ayuntamiento de Palma, Consell de Mallorca y Govern balear llevan tres años en manos peperas. ¿A cuántas ferias turísticas han dejado de acudir? ¿Cuánta promoción turística siguen haciendo? Con dinero público –millones– para beneficio privado. Nos dirán, siempre lo dicen, que eso genera empleo. Y es cierto. Y es precisamente lo que hay que evitar: seguir siendo un foco de atracción laboral para millones de personas de cualquier rincón del mundo. Balears debe dejar de ser atractivo para el inmigrante. Ya lo es en muchos sentidos: no hay vivienda, la vida es cara y la masificación hace imposible disfrutar de casi nada. Pero 607.522 plazas turísticas no se atienden solas, requieren ingentes cantidades de mano de obra barata. Y eso solo lo ofrecen los inmigrantes de baja cualificación. Puntualicemos que en 1990 el tope de plazas era de 488.590 y la renta per cápita balear superaba a la española en un treinta por ciento con 7 millones de turistas.

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