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Hace unas semanas, en un evento con colegas libreros de toda España, un compañero del otro extremo de la provincia de Alicante nos contó a quienes compartíamos mesa en la cena algo que, por desgracia, no nos sorprendió: un conocido suyo que trabajó en una gran superficie comercial le explicó que los responsables de preparar los pedidos de libro de texto tenían la instrucción de que, cuando las familias pasaran a buscar sus encargos, aunque tuvieran el pedido completo, no lo entregaran tal cual e inventaran alguna excusa diciendo que estaba incompleto. Así conseguían una nueva visita días después, convencidos de que en ese nuevo viaje la familia añadiría artículos adicionales al carrito. Soy poco dado a las conspiranoias, y considero estas cosas poco inteligentes porque al final todo se sabe (igual que a pesar del esfuerzo denodado de los gobiernos por ocultarlo es público y notorio que nos fumigan desde los aviones, que la Tierra es plana o que si no pagáramos impuestos podríamos procurarnos educación, sanidad, Seguridad Social y servicios urbanos con nuestros mayores salarios -nótese la ironía, por favor-), con lo que, a pesar de que no nos sorprendió la noticia, quisiera creer que no hay directivos tan torpes y que fue solo un hecho descontextualizado que no pudimos contrastar.
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