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Europa avanza hacia la implantación plena del nuevo sistema de control de fronteras, el Entry-Exit System (EES). Su objetivo es claro: reforzar la seguridad, registrar digitalmente las entradas y salidas de ciudadanos de fuera del espacio Schengen –la zona europea de libre circulación sin controles fronterizos internos– y modernizar unos procedimientos que, en muchos casos, habían quedado obsoletos.Sobre el papel, el avance es indiscutible. En la práctica, sin embargo, empiezan a aparecer señales preocupantes. Aeropuertos europeos ya están registrando importantes incrementos en los tiempos de espera en los controles fronterizos coincidiendo con el despliegue progresivo del sistema biométrico. El riesgo es que estas situaciones dejen de ser puntuales para convertirse en estructurales durante los grandes picos de tráfico.España se encuentra entre los países más expuestos a este escenario. No solo por volumen de pasajeros, sino por su papel como una de las principales puertas de entrada turística a Europa. Cada año, millones de viajeros procedentes de Reino Unido, Estados Unidos o América Latina acceden al espacio Schengen a través de aeropuertos españoles, todos ellos sujetos a este nuevo modelo de control fronterizo.El problema no es la tecnología en sí, sino el encaje entre esa tecnología y la realidad operativa. El EES introduce controles biométricos más complejos, que requieren más tiempo por pasajero. Pero los aeropuertos siguen funcionando con picos de demanda muy concentrados –Semana Santa, verano o grandes periodos vacacionales– y con recursos que no siempre pueden adaptarse con la misma rapidez.El resultado es un riesgo evidente: que las esperas prolongadas dejen de ser una excepción para convertirse en la norma en los grandes aeropuertos europeos. Conviene, además, introducir un matiz relevante. La propia industria aérea ha demostrado que la identidad digital y los sistemas biométricos pueden hacer los viajes más rápidos, seguros y fluidos cuando se aplican en entornos plenamente integrados. El problema, por tanto, no es la tecnología, sino su implantación en sistemas que aún no están preparados para absorberla sin fricciones.Esto no solo afecta a la comodidad del viajero. Tiene consecuencias en cadena: retrasos, pérdida de conexiones, saturación de terminales y, en última instancia, una experiencia turística deteriorada desde el primer momento. En un país donde el turismo es uno de los grandes motores económicos, ese impacto no es menor.El sector aéreo ya ha advertido del problema. Aerolíneas y gestores aeroportuarios reclaman flexibilidad para poder adaptar el sistema en momentos de alta demanda y evitar un colapso operativo. No cuestionan el objetivo del EES, pero sí su implantación en las condiciones actuales.Y ahí está la clave. Europa no puede elegir entre seguridad y eficiencia: necesita ambas. Un sistema de fronteras más seguro no puede traducirse en aeropuertos menos funcionales. Porque una frontera más inteligente no debería significar un viaje más lento. La modernización de las fronteras europeas solo será un éxito si consigue reforzar la seguridad sin convertir el desplazamiento en una experiencia cada vez más compleja, imprevisible y frustrante para millones de pasajeros.
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