Ultima Hora Mallorca
La semana pasada, los tipos que están creando la inteligencia artificial se sentaron frente a León XIV para hablar de límites, pero no les compró el discurso triunfalista que traían consigo. En cambio, los comparó con los constructores de la Torre de Babel. Gente obsesionada con llegar cada vez más alto sin pensar demasiado en lo que puede salir mal. Y algo de razón tiene. La IA ya está metida en decisiones sumamente importantes y cruciales por todas partes: en bancos, organismos públicos, hospitales, ejércitos, urbanismo, redes sociales, etc. Además, no son neutrales porque se alimentan de la información que les proporcionamos nosotros mismos. Las IA no dejan de ser depredadores de nuestras propias ideologías políticas y sentimientos religiosos. Dan miedo porque reflejan bastante bien nuestras propias ambiciones, nuestra obsesión de ir a toda velocidad, aunque a veces esos signifique pensar menos, algo a lo que nos hemos acostumbrado. Y nos entra la angustia de no saber cómo controlarlas ya que pronto nadie recordará cómo era la vida antes de las IA. Con amabilidad nos dicen lo que queremos oír y así cada uno de nosotros vive en una realidad distinta. Antes se separaba a la gente por idiomas, pero ahora son las pantallas mismas. No es suficiente prometer que se autorregularán porque cuando hay millones y millones de dólares o euros en juego es menester normas de verdad y acuerdos serios a nivel mundial. El gran miedo no es que las máquinas sean más inteligentes que nosotros, que ya lo deben ser al menos del 90 % de la humanidad, sino acabar delegándoles tantas decisiones que terminemos viviendo en un mundo más rápido y eficiente, naturalmente, pero bastante menos humano. Es cierto que al final ninguna máquina decide sola. Siempre hay personas detrás programando y decidiendo por todos nosotros tristes pecadores el precio que estamos dispuestos a pagar.
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