Cope Zaragoza
Julio César Sánchez Una noble corrida de Cuvillo propició la salida a hombros de Morante de la Puebla y Pablo Aguado, por un toreo de cadencia absoluta en el caso del primero, y la entrega del segundo en todos los tercios en su primer turno, mientras Roca Rey lo intentó sin éxito ni lucidez. Dicen que el cartel de "No hay billetes" se colgó en Aranjuez hace cuarenta días, al reclamo del "reencuentro" en una misma combinación de Morante de la Puebla y Roca Rey, los dos incuestionables mandones del toreo actual, ambos, además, heridos en Sevilla. Y en verdad que el ambiente fue de auténtico reventón, con el inicio del festejo retrasándose cinco minutos -podrían haber sido bastantes más- para que el público pudiera encontrar acomodo. De hecho, el primer toro saltó al ruedo con no pocos espectadores aún de pie. Morante se las vio en su primer turno con un toro noble y endeble que aguantó en pie merced al trato que le dispensó el de La Puebla, que sorteó el derrote defensivo del de Cuvillo, dejando pasajes notables tanto con capote a la verónica como con la muleta, sobre todo en una tanda al natural, dando templada fiesta hasta pasear una oreja tras matar con pulcritud a la primera. Y en el cuarto, el desiderátum. El de Cuvillo tuvo el empuje justo y la clase sobrada para que Morante dibujara una faena de auténtica caricia, embelesando a su oponente al natural, llevándolo cosido a la tela roja, ligando los pases con armoniosa cadencia, en una suerte de acompasado baile al compás de la música y que fue obsequiado con dos orejas, paseadas con igual lentitud a la de su toreo. La lidia del tercero, primero de Pablo Aguado, tuvo varios momentos de interés. Uno de ellos, el quite de peligro que se hizo el propio Aguado desde el suelo cuando tropezó tras dar una de las chicuelinas del quite que se encontraba realizando. Otro, cuando el sevillano tomó los palos para banderillear con soltura, a excepción del par al quiebro con el que cerró tercio, del que solo un palo quedó en el lomo del enclasado -y apenas picado- ejemplar de Cuvillo. Y más tarde -y con mayor realce- al deletrear el toreo al natural en varios momentos, después de comenzar por alto de rodillas. Hubo gracia sin afectación e intensa conexión con los tendidos, que reaccionaron ante el delicado toreo del sevillano. Tanta, que a sus manos fue el rabo de su antagonista, premiado generosamente con la vuelta al ruedo, después de apiolarlo a la primera. A buen seguro el rabo llegó en reconocimiento a su omnipresencia en la lidia. Aguado brindó el sexto -como hiciera Morante en el cuarto - a la Infanta Elena. Sin embargo el sevillano no alcanzó el nivel del tercero, si bien hubo naturales largos destacados. A las manos de Roca Rey fue un segundo que quiso colocar la cara pero de remisas y tambaleantes arrancadas, por lo que lo más magro de la labor del peruano llegó con el capote, aseado a la verónica en el recibo y un posterior ceñido quite por gaoneras, abreviando en el último tercio. Y, viendo cómo sus compañeros tenían ya ganada la puerta grande, Roca Rey salió a triunfar sí o sí, aunque a la postre fuera que no. Lo intentó con denuedo, con un magnífico toreo a la verónica de rodillas, un trasteo con varios pases cambiados por la espalda, incluidos dos de rodillas de inicio, y pasajes en el que se mezclaron la suavidad con la brusquedad, amén de sus habituales gestos reclamando el aplauso. El fallo con el descabello enfrió los ánimos, es cierto, aunque también la labor de Andrés se desarrolló de más a menos ante un toro que tuvo calidad.
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