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Antonio Agredano y los algoritmos: "En ellos se cuelan nuestros miedos y nuestras esperanzas" | Collector
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Antonio Agredano y los algoritmos: "En ellos se cuelan nuestros miedos y nuestras esperanzas"

Zumo de remolacha para la disfunción eréctil, perros, pegamento para dentaduras o gimnasios para culturistas... nuestros Fósforos nos cuentan qué les recomienda el algoritmo en sus redes sociales y Antonio Agredano le dedica sus Crónicas Perplejas. En el algoritmo, como en los sueños, se cuelan nuestros miedos y nuestras esperanzas. Hemos dado demasiado a ese mecanismo oscuro. La lupa de Instagram me muestra mis deseos y mis debilidades. Ya estoy cansado de quejarme de este aparato. De esta cámara que nos apunta, de este micrófono que nos escucha, de esta pantalla que capta toda nuestra atención. En las cenas románticas, en mitad del juego con los niños, en reuniones de trabajo, durante películas que teníamos ganas de ver. Mujeres maduras en bikini. Los mejores KOs de la historia del boxeo. Cómo tocar en el bajo canciones de Queens of the Stone Age. Muñecos de Masters del Universo. Jugadores míticos de la Lazio. Esto es lo primero que me ha salido al abrir Instagram y mirar sus sugerencias. Sabe lo que me gusta. Sabe dónde me detengo. Sabe cómo captar mi atención. El scroll infinito. Las noches en la cama sin poder dormir con la luz en nuestra cara. Conversaciones inesperadas. Indios cocinando en la calle. Sabrina Salerno haciendo pesas. Me preocupa no ser yo quien guía el móvil, sino el móvil el que me guía a mí. Que me lleva allí donde le interesa llevarme. Que altera mi humor. Que me enfada adrede. Me encapricha de camisetas. Me emociona con sus historias. A ese cacharro le gusta llevarnos a los extremos. La indignación, la derrota… la soledad, a veces. No sé cuánto le debo, pero sé que nos debe todo cuanto ha construido. He mirado parcelas en Extremadura. Quiero irme. Quiero irme, pero nunca me voy. A leer. A escribir. A pasear. A recuperar el ritmo antiguo. Al aburrimiento. A que no haya pitidos. A hablar con alguien sin que un «disculpa, es una cosa del trabajo» me silencie de pronto. Sé que persigo un imposible. No pierdo la ilusión. Aunque quizá no haya marcha atrás. Porque cuando acabe esta crónica, como ya saben, también la podrán leer en mi Instagram.

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