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La investigación judicial sobre la denominada trama de las 'cloacas' del PSOE continúa revelando aspectos que trascienden el ámbito estrictamente penal para adentrarse en una cuestión de evidente relevancia política. La información conocida ahora acerca del pago por parte del Partido Socialista de las defensas jurídicas de José Luis Ábalos y Koldo García, unida a las referencias contenidas en el auto del juez Santiago Pedraz sobre la actuación del abogado Ismael Oliver en la canalización de pagos a Leire Díez, dibuja un escenario que merece una reflexión de fondo. No se trata únicamente de quién abonó determinadas minutas profesionales, sino de la posible existencia de una estrategia orientada a mantener bajo control político las defensas de quienes poseen información especialmente sensible para el partido que sostiene al Gobierno de España. Paralelamente, la investigación judicial sitúa a determinados abogados próximos al entorno socialista en una posición central en la arquitectura destinada a gestionar las consecuencias de los distintos procedimientos. La participación de Leire Díez en la llegada de Ismael Oliver a la defensa de Koldo y los mensajes intervenidos sobre la necesidad de coordinar una «estrategia jurídica del partido» refuerzan la impresión de que la preocupación de Ferraz no se limitaba a garantizar asistencia legal, sino a preservar el control político de una crisis con potencial devastador para la organización. Ningún partido tiene prohibido ayudar a antiguos cargos o facilitarles apoyo jurídico. Lo que resulta problemático es que esa asistencia pueda convertirse en un mecanismo de influencia sobre sus decisiones. Más aún cuando algunas de las informaciones conocidas sugieren que determinadas fórmulas de colaboración con la Justicia pudieron ser consideradas como una vía para contener daños políticos y limitar el alcance de las responsabilidades. La evolución posterior de los acontecimientos resulta especialmente significativa. Koldo García rompió con el abogado vinculado a esta estrategia y pasó a estar representado por una letrada contratada por su entorno familiar. Ábalos acabó apartándose de quienes habían dirigido inicialmente su defensa. Ambos movimientos reflejan una pérdida de confianza difícilmente compatible con la existencia de una estrategia jurídica unitaria. Sólo Santos Cerdán permanece vinculado a Jacobo Teijelo, un penalista cuya presencia recurrente en episodios relacionados con la operación diseñada para neutralizar investigaciones incómodas suscita numerosas preguntas. Lo que parece estar produciéndose es el colapso de un modelo basado en la idea de que los intereses del partido y los de los investigados podían ir de la mano. La experiencia demuestra que, cuando avanzan las causas de corrupción, esa coincidencia rara vez perdura. La mejor garantía para el Estado de derecho no es que las organizaciones controlen a quienes saben demasiado, sino exactamente lo contrario: que ninguna estructura de poder pueda condicionar la libertad con la que un investigado decide su estrategia de defensa. Cuando esa frontera se difumina, el problema deja de ser el de unos abogados concretos y pasa a afectar a la calidad misma de nuestras instituciones.
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