ABC
Las visitas de los Papas pueden ser una experiencia transformadora. Se trata de una enseñanza imborrable, según narran a ABC los protagonistas de estas cinco historias, donde han encontrado respuestas lúcidas en momentos con más dudas. La Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid y el Pontificado de Benedicto XVI son acontecimientos que han marcado la historia de Jorge Romero. No lo adorna y sin cortapisas asegura: «Le debo al Papa el comienzo de mi propia familia». Quizá al lector le suene a retórica de un devoto, pero no hay exageración. Jorge conoció a su mujer en la JMJ de Madrid y fruto de su amor son sus cuatro hijos. La pareja tiene muy presente la «aventura frenética» que fue su voluntariado en la visita del Papa, en 2011. «Recuerdo la inmensa emoción cuando se acercó con el papamóvil a la Plaza de Cibeles -narra Jorge, que pasó días a destajo como voluntario-; sonaba aquella canción titulada 'Alegría', premonitoria de lo que íbamos a vivir». Fue el chaval que recibió la Cruz de los Jóvenes, un símbolo que la juventud católica lleva por el mundo como signo del amor de Cristo, y pudo saludar por ello a Benedicto XVI. Ese encuentro le dejó huella. «Recuerdo vivamente cómo de su rostro se desprendía luz, sé que es difícil de explicar», admite Jorge a ABC, acostumbrado a que frunzan el ceño cuando lo cuenta, «pero recuerdo nítidamente su luz, y una mirada de niño y a la vez penetrante, como si te conociera y te quisiera». Ahí fue cuando pudo darle las gracias en nombre de todos los jóvenes de Madrid. Jorge admite que en aquella época no tenía claro el rumbo para su vida y que la visita del Papa era una oportunidad. «¿Qué quieres de mí? ¿Quién soy?», eran dudas que resonaban en su interior. Y con toda humildad confiesa a este diario que aquellos días hizo por fin la pregunta que le carcomía desde hacía tiempo: «Señor, si quieres que sea sacerdote, adelante; y si no, preséntame al amor de mi vida». Y apareció Laura. En realidad, se habían conocido un año antes, en la visita del Papa a Barcelona. Él le ofreció compartir un cigarrillo y ella se lo llevó entero regalándole una sonrisa burlona. «Recuerdo tener una opinión nefasta de alguien que solo se acercó para robarme mi último cigarro», dice Jorge riéndose. Él y Laura están convencidos de que la Providencia les quiso juntos porque meses después les juntó de nuevo. Estaban en Cibeles moviendo vallas para la JMJ cuando ocurrió algo «de película», dice. Toda la gente que llenaba la plaza se abrió hacia los lados y, al fondo, solo quedó Laura. Se reconocieron y se dieron un abrazo «muy bonito». Eran días de mucha emoción. Empezaron a hablar y unos chavales que no iban a la JMJ les preguntaron si eran novios. No lo eran. Todavía. La pregunta derivó en muchas más: por qué estaban allí, qué significaba Dios y la Iglesia para ellos, por qué viven así la religión… Estos amigos circunstanciales terminaron invitándoles a tomar unas cervezas por el centro de Madrid. «Estuvimos rodeados de gente de muchos tipos y pasamos la noche evangelizando, respondiendo a dudas y comentarios, e incluso a ataques que muchos sufrimos en aquellos días. Nos dieron las ocho de la mañana cuando volvimos a casa antes de ir a Cuatro Vientos». No se imaginaban que años más tarde él le pediría matrimonio a ella en el Vaticano. Si cierra los ojos todavía puede verse empapado debajo de aquella «tormenta gozosa de agosto» en la vigilia de Benedicto XVI. Con el saco de dormir lleno de agua y, aun así, se recuerda feliz junto a miles de jóvenes también «exultantes». «El grito y el júbilo no dejaba de crecer esperando el discurso del Papa», dice. Y reconoce que una de las mayores ilusiones de su vida es que llegue el momento de hacer Santo a Benedicto XVI. Ahora, espera a León XIV con su familia. «Es bonito pensar que la primera vez que vi a mi mujer fue con Benedicto en Barcelona ; luego, la conocí en la JMJ de Madrid; después, siendo novios, acompañamos al Papa Francisco en Río de Janeiro en la JMJ de 2013; y ahora, con cuatro hijos, es emocionante acompañar juntos al Papa León», explica Jorge; que añade: «Queremos que quede en sus corazones el recuerdo de que el sucesor de Pedro viene a nuestra casa para acercarnos a Cristo y al cielo, y hacernos crecer como familia y como personas». Admite que la logística será difícil porque la más pequeña tiene dos años, pero asegura que la «aventura será inolvidable». Tampoco hace falta entender lo que se vive para que un momento deje huella. Es lo que le pasó a Paula Puchol, de 36 años, cuando vio a un Papa por primera vez. Era 2003 y Juan Pablo II estaba otra vez en España. «Debía de tener unos 12 años», cuenta. Todavía era «una niña que no tenía muy claro la importancia de todo aquello», pero le «impactó muchísimo la cantidad de gente que había». En 2005, llenó de sentido sus dudas en la JMJ de Colonia (Alemania): «Tuve mi momento de conversión en la fe, que pasó de ser heredada, educada por mis padres, a propia, y todo cambia a partir de esa experiencia». Juan Pablo II había fallecido y el nuevo sucesor de Pedro, Benedicto XVI, recibía toda la atención de esta joven que ya tenía 16 años. Fue entonces cuando pensó que tenía que existir «algo más grande» capaz de mover a más de un millón de personas de aquella forma. Un gozo que revivió en la JMJ de Madrid. Ya no era adolescente, tenía trabajo y novio. Juntos fueron voluntarios en la acogida de peregrinos. Y ese noviazgo se convirtió en un matrimonio que hoy cuida de cuatro hijos. Por eso, Paula tiene «muchísima fe» en que la visita de León XIV tendrá la capacidad de transformar la ciudad. «Está demostrado que [con la visita de un Papa] nacen nuevas vocaciones, hay más misioneros que dan un paso adelante, más hombres que deciden entrar al seminario para ser sacerdotes, hay más mujeres que se sienten llamadas a la vida religiosa, tanto activa como contemplativa, y muchos jóvenes que ven que Dios les llama al matrimonio con la persona con la que están», explica. Son una familia «muy ilusionada» con la visita de León XIV , dice Paula. Además, su hija mayor tiene 12 años, la misma edad que ella tenía cuando vio a Juan Pablo II, y le hace «muy feliz» acompañarla en esta experiencia. En la misa celebrada por Juan Pablo II en las murallas de Ávila, en 1992, una Gema Nicolás de 12 años escuchaba con atención. Su figura le guía desde entonces, dice, y recuerda que la bendición papal de su matrimonio también lleva su firma. 44 años después, cada recuerdo de su Papado, sigue conmoviéndola. Maduró su fe con las enseñanzas de Juan Pablo II, que transmitió a sus cuatro hijos y ahora a sus nietos. La última vez que vio a este Papa fue en Madrid, en 2003, cuando canonizó al padre Rubio, el jesuita José María Rubio Peralta. Gema acudió a la plaza de Colón junto a su marido. Allí, vio a un Papa agotado que luchaba contra la enfermedad y, sin embargo, también le recuerda elocuente y lleno de luz. Fue intenso y revelador. «Hizo visible la vejez y el sufrimiento provocado por el dolor y nos mostró la vulnerabilidad humana, a la que todos tarde o temprano nos tendremos que enfrentar», recuerda Gema. Se conmueve al recordar la capacidad del Santo Padre para dar testimonio de la fe al mundo entero, a pesar de su debilidad. «Lo considero un ejemplo de dignidad en un mundo en el que se valora solo lo perfecto», continúa. Casi dos décadas después, al revelar un viejo carrete olvidado en un cajón, apareció una fotografía de Juan Pablo II en el papamóvil y otra en el escenario. Qué regalo. Sin saberlo, dice Gema entre risas, había utilizado el último carrete de su vida para retratar «al guía de toda una generación». Su muerte le produjo «una tristeza tremenda». Pero ese fue un vacío que Benedicto XVI supo aliviar, al que recuerda con «especial cariño» porque sus hijos ya eran mayores y fueron voluntarios en su parroquia en la JMJ. «La vigilia en Cuatro Vientos fue inolvidable , justo el día en que mi hija cumplía 13 años», dice Gema. Lo que más le emociona es que sus hijos recogieron en aquel momento «el testigo para ser ejemplo para las siguientes generaciones». Juntos esperan a León XIV con la misma energía que con 12 años escuchó a Juan Pablo II. Y confiesa a ABC que le hace «muchísima ilusión» ir con su hijo de 19 años, del que salió de él acompañarla a la misa de las familias.
Go to News Site