ABC
Todo lo que podía salir mal salió mal. O bien, según para quién. Los criminales Manuel Brito y Javier Picatoste aprovecharon las grietas del sistema, sus puntos ciegos, para fugarse de la prisión leridense de Ponent en 2001. También los fallos, como colocar a dos criminales de distinto nivel en la misma celda. Después, los separaron, aunque aprovechaban las horas de descanso para planear su evasión. Hablaban por correspondencia, también por teléfono. Brito, con un homicidio a sus espaldas, solo tenía permiso para hacer doce llamadas y, sin embargo, hizo 91 en doce días, sesenta a Picatoste, seis de ellas el día de la fuga, y veinticinco a su hermano, cómplice de ambos y su enlace fuera de rejas. Así organizaron su huida, los detalles, los medios, la comida, la ropa. Luego, Picatoste se saltó el permiso ordinario que le habían concedido y esperó fuera al otro reo, que se tiró por las escaleras y se lesionó el codo para propiciar su traslado al Hospital Arnau de Vilanova, sin un dispositivo especial, con unos Mossos d'Esquadra recién creados, sin experiencia. Todo se torció. Tirotearon por la espalda a los dos policías autonómicos, dejando a uno, en prácticas, tetrapléjico. En su sangrienta carrera para burlar el cerco policial, asesinaron a un joven de 23 años que estaba en su coche con su novia en la sierra de Collserola y, después, violaron a la chica. Tres días más tarde, Brito y Picatoste fueron detenidos en una vivienda abandonada en la montaña del Tibidabo. Su fuga duró 33 días, es una de las huidas más descabelladas de la historia de España y, desde ahora , el mejor material para la primera serie de Carles Porta, que aprovecha el increíble caso real para hacerlo todavía más increíble a través de una ficción. En '33 días', la nueva serie original que Atresplayer estrena el 7 de junio, Julián Villagrán y José Luis Poga interpretan a los dos presos, aquí Calatrava y Prieto, uno adicto, sensible e instruido y el otro un criminal sin escrúpulos. Villagrán no la conocía, aunque es una historia muy famosa en Cataluña. Poga, sí. «Trabajé en un true crime y a partir de ese momento me aficioné a este código, a esta manera de adentrarte en el mundo de los asesinatos. Estaba investigando este mundo de fugitivos, de presidiarios, y vi la historia de estos dos y pensé: 'Mira, pues de esto se podría sacar una serie'. Y fíjate», cuenta a ABC el protagonista. Lo mismo debió pensar el maestro patrio del 'true crime', Carles Porta, para dar vuelo a esta historia. La ficción le permite al periodista «poner luz en la oscuridad», es decir, rellenar las incongruencias, elucubrar sobre las motivaciones que llevaron a estos delincuentes a hacer lo que hicieron, poder adentrarse en su psicología, apoyarse en material real como las cartas que intercambiaron o sus testimonios en el juicio para inventar diálogos. A Julián Villagrán, que perdió varios kilos para dar vida a alguien con VIH, lo que más le interesaba era «entender» por qué alguien condenado por un delito menor, con permiso para salir de la cárcel y con muy poca condena por cumplir, «tira todo por la borda» para salvar a su compañero, poniendo en riesgo su vida, sin medicación, escondido en el bosque. «El caso real lo atribuye a la manipulación. La apuesta de mi personaje es que viene de una familia desestructurada, que ha llegado a robar para conseguirse la droga, que era un tío con mucha cabeza, sensible, culto, que leía y estudió dos carreras en la cárcel, pero que se refugia en la heroína porque nunca ha tenido validación. Entra en la cárcel con una depresión y encuentra en este compañero una figura entre lo paternal y lo fraternal, lo protege, lo salva y él se siente en deuda», explica. El currículum del responsable de 'Crims' obligaba a trabajarse la investigación, a cumplir cierto rigor, aun tratándose '33 días' de una serie y, por tanto, ficción. Carles Porta pasaba por el set, comía de vez en cuando con ellos, les daba contexto. Para construir a sus personajes, tuvieron acceso a los perfiles forenses, psicológicos, a las cartas y a los audios del juicio. «Me interesó mucho su voz. Me la repetía una y otra vez, intentaba encontrar si en el tono había algo escondido. Y la foto que tenía la policía judicial, la imprimí y la miraba y decía: '¿Qué hay ahí? ¿Qué hay detrás de esa mirada?'», asegura Poga sobre el esqueleto de «esta bestia salvaje». También había en '33 días' cierta vocación de denuncia, de crítica a un sistema que permitió que estos dos reclusos coincidieran en la misma celda, entre otras «barrabasadas». «Era todo muy turbio y les quedó grande. Se escaparon en octubre y en septiembre fue el atentado de las Torres Gemelas. Toda la sociedad estaba en colapso, era un momento muy oscuro», exculpa el protagonista.
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