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“La ley es un garante de los derechos recíprocos, incapaz, sin embargo, de convertir a los ciudadanos en buenos y honestos”. La frase atribuida a Licofrón, uno de los sofistas menos conocidos de la Grecia clásica, conserva una fuerza sorprendente porque plantea una pregunta que sigue viva más de dos mil años después: ¿para qué sirve realmente la ley?
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