COPE
El glaucoma es conocido como la enfermedad silenciosa de la visión, una de las principales causas de ceguera irreversible en el mundo. El oftalmólogo Enrique Aramendia, de Policlinica Gipuzkoa , ha explicado en Cope Euskadi que se trata de una enfermedad del nervio óptico que daña la visión de forma progresiva e irreversible sin que el paciente lo note en sus fases iniciales. La enfermedad se produce por un aumento de la presión dentro del globo ocular, lo que impide una correcta irrigación sanguínea del nervio óptico y provoca que este se vaya "secando". Aramendia advierte que la pérdida de visión es inicialmente lateral y muy sutil, por lo que el paciente no se da cuenta. "Realmente te va perdiendo visión que no vas a poder recuperar, y cuando ya el paciente lo nota, el daño está muy avanzado", subraya el especialista. Se estima que en Euskadi alrededor de 49.000 personas padecen glaucoma, y casi una de cada tres no está diagnosticada. La prevalencia aumenta con la edad: afecta al 2-3% de la población mayor de 50 años y puede llegar al 5-8% en mayores de 70 años. Esto significa que entre 5.000 y 6.000 personas en la región podrían tener la enfermedad sin saberlo, con el riesgo de quedarse "irreversiblemente ciegas" si no se trata. Los antecedentes familiares son "decisivos", multiplicando por seis a nueve veces la probabilidad de desarrollar glaucoma. Otros factores de riesgo incluyen la miopía y la etnia, ya que las personas de color o de origen asiático parecen tener una mayor propensión a padecerla. El principal problema del glaucoma es su naturaleza asintomática en las fases iniciales. "No da ningún síntoma, nada de nada, no se siente nada, no duele", insiste Aramendia. Por este motivo, la única forma de combatirlo es la prevención mediante revisiones oftalmológicas periódicas. El doctor recomienda una revisión oftalmológica completa a partir de los 50 o 55 años, incluso si se tiene una buena visión. Esta recomendación se convierte en una obligación para quienes tienen familiares directos con glaucoma. El diagnóstico en consulta incluye la medición de la presión ocular, el estudio del nervio óptico con técnicas de imagen como el OCT y, si es necesario, un campo visual. Una vez diagnosticado, el tratamiento más habitual consiste en colirios (gotas), que buscan bajar la presión del ojo. El doctor destaca que es un tratamiento a largo plazo y constante que no debe abandonarse, ya que la falta de adherencia es uno de los mayores problemas. El objetivo es mantener la situación y evitar que la enfermedad progrese. Cuando las gotas no son suficientes o no se toleran, existen otras soluciones. "Hay muchas soluciones", afirma el oftalmólogo. Entre ellas se encuentran diversos tratamientos con láser y diferentes tipos de cirugía, como la implantación de pequeñas válvulas, para controlar la presión ocular y frenar la pérdida de visión. La clave, según el experto, es el diagnóstico precoz y la constancia. "Si se detecta a tiempo, podemos frenar la enfermedad y conservar la visión", concluye Aramendilla, recordando que, aunque el glaucoma no avisa, se puede frenar con el seguimiento y tratamiento adecuados.
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