La Opinión de Murcia
Después de la caída del fascismo y el nazismo, el comunismo bajo las órdenes de Stalin y la égida de la Unión Soviética quedó como la única ideología totalitaria superviviente. El estalinismo fue un prodigio de manipulación de las mentes y descubrió inmediatamente que la gente de la cultura era especialmente sensible a los halagos, al dinero y, al contrario de lo que se podría esperar de un intelectual, totalmente permeables a la manipulación. Estos miembros de la élite artística y cultural ejercían de influencers antes de que este término se popularizara (y trivializara) gracias a las redes sociales. Los soviéticos descubrieron con los Sartre de turno o los integrantes del grupo de Bloomsbury que los intelectuales se prestaban entusiasmados a hacer la vista gorda con sus gulags, sus juicios espectáculo y sus millones de represaliados. Los compañeros de viaje o los tontos útiles, que de las dos formas fueron calificados cuando cayó el telón del estalinismo a manos de los propios dirigentes soviéticos, hicieron tal papelón que nadie podía esperar que actores o directores de cine contemporáneos heredaran tamaña estulticia y ceguera.
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