Diario CÓRDOBA
Ha sido el personaje al que más veces he entrevistado, cinco o seis conversaciones publicadas a lo largo de décadas en este periódico -la primera, en 1990, al filo de la madrugada madrileña tras esperar un día entero a que acabara un ensayo teatral-. Fueron entrevistas de esas que dejan desfondado a quien responde, en su caso siempre con el corazón en los labios, pero también a quien pregunta. Y, sin embargo, después de tanto tiempo en que fuimos tejiendo una sincera amistad en la distancia –cada vez más corta, porque solíamos vernos cuando bajaba a Córdoba, ya sin grabadora de por medio- me queda la sensación de que no acabé de conocer a Josefina Molina, que el sábado pasado fallecía en Madrid a los 89 años dejando al cine, la televisión y el teatro de este país un poco más huérfanos. Será que al final consiguió, una vez más, lo que se había propuesto desde joven: ser inclasificable. Y, en cierta forma, misteriosa, lo que la envolvía en un glamur especial que nada tenía que ver con la sofisticación, sino más bien con un halo de independencia que hacía de ella un ser de lejanías, y por eso mismo fascinante.
Go to News Site