La Opinión de Málaga
Cuando Silvia Vidal estaba embarazada, los médicos ya detectaron que algo no iba bien. En la semana 34 llegó el diagnóstico: poliquistosis renal. Los riñones de la niña eran demasiado grandes y apenas dejaban espacio. Aquel fue el inicio de un largo recorrido por hospitales, ingresos y tratamientos que, años después, desembocaría en un trasplante renal. La donante fue su propia madre. “Mi madre me ha dado la vida dos veces”, resume ahora su hija, que también se llama Silvia y acaba de cumplir 20 años.
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