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El Corpus Christi de Sevilla: una tradición con ocho siglos de historia | Collector
El Corpus Christi de Sevilla: una tradición con ocho siglos de historia
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El Corpus Christi de Sevilla: una tradición con ocho siglos de historia

El Corpus Christi es una de las fechas más señaladas en el calendario de Sevilla, una de esas festividades que evocan la célebre frase: "hay tres jueves al año que brillan más que el sol". Para desgranar su rica simbología e historia, el experto Isidro González, colaborador de las delegaciones diocesanas de Comunicación y Hermandades y Cofradías, explica los orígenes y la evolución de esta fiesta mayor. Su nacimiento se remonta a la Edad Media, concretamente a la ciudad belga de Lieja alrededor del año 1246, donde una serie de milagros eucarísticos fomentaron una especial devoción. Fue el obispo de Lieja, que más tarde se convertiría en el Papa Urbano IV, quien instituyó la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia universal en el año 1264. Según González, esta decisión se basó en "aquella experiencia piadosa, aquellas experiencias místicas en el centro de Europa" y otros milagros que impulsaron la devoción a la Eucaristía. La festividad se concibió como un "desdoblamiento festivo del Jueves Santo", día en que se instituye la Eucaristía, pero despojado del sentimiento de penitencia propio de la Pasión para celebrarse desde "un prisma totalmente festivo, glorioso y triunfal después de la resurrección del Señor". Aunque en España comenzó a celebrarse en el siglo XIII a través del reino de Aragón, los primeros datos de la celebración del Corpus en Sevilla datan de mediados del siglo XV. Desde entonces, ha experimentado un gran desarrollo, adaptándose a las características de cada periodo histórico. La procesión pública con el Santísimo Sacramento, añadida poco después de su creación, ha sido el elemento clave que la ha hecho popular, aglutinando "multitud de manifestaciones festivas, populares, artísticas y costumbristas" que la han arraigado profundamente en la ciudad. A pesar de su larga trayectoria, González plantea una reflexión sobre la percepción actual de la fiesta. "Muchas veces no somos conscientes de la historia que está detrás de esta fiesta", señala el experto. A menudo, la riqueza histórica y devocional que subyace en la celebración pasa desapercibida para muchos. La procesión ha evolucionado notablemente a lo largo de los siglos. En sus inicios en la Edad Media, el Santísimo Sacramento se portaba en un arca cubierta, "rememorando el arca de la alianza del Antiguo Testamento". Sin embargo, la época de mayor esplendor fue el Renacimiento y, sobre todo, el Barroco, cuando se incorporaron con fuerza elementos como las danzas, la Tarasca, los gigantes y cabezudos y un exorno profuso de las calles con hierbas aromáticas y arcos triunfales. El siglo XVIII, conocido como el Siglo de las Luces, trajo un "reajuste" de estas expresiones populares, que en ocasiones llegaban a ser irrespetuosas, y se centró más en el cortejo de hermandades y corporaciones. El siglo XIX, a pesar de las crisis políticas y el anticlericalismo, "crea el modelo que tenemos hasta hoy", consolidando una procesión con una serie de pasos que preceden a la custodia y que representan los hitos de la historia de la Iglesia de Sevilla. En esta época desaparecieron los pasos esporádicos y se afianzó un cortejo basado en hermandades e instituciones religiosas y civiles. El cortejo que hoy conocemos es fruto de una larga evolución histórica, con una serie de pasos fijos establecidos desde los años 20 y 30 del siglo XX. Estos pasos, explica González, son "santos vinculados a la historia de la iglesia de Sevilla". La procesión la abre Santa Ángela de la Cruz, seguida por las santas mártires Justa y Rufina, patronas de la ciudad que sostienen la Giralda. A continuación, figuran los grandes santos de la época visigoda, San Leandro y San Isidoro, y posteriormente, una figura clave como San Fernando. La Santísima Virgen tiene su lugar destacado con el misterio de la Inmaculada Concepción, una devoción esencial para la ciudad. Como afirma el experto, "no se entiende la Inmaculada sin Sevilla ni Sevilla, sin la Inmaculada". Desde el Barroco, esta advocación quedó íntimamente unida al culto a la Sagrada Eucaristía y a las hermandades sacramentales. La parte final del cortejo se centra en la representación de Nuestro Señor Jesucristo en tres fases. Primero, su imagen, con la "maravillosa" talla del Niño Jesús de la Hermandad Sacramental del Sagrario, obra de Martínez Montañés. Le sigue la representación de Cristo como reliquia, con la Santa Espina en la custodia chica, que evoca la Pasión del Señor. Finalmente, la procesión culmina con la Sagrada Eucaristía, "Jesús realmente presente en el Sacramento del pan", portada en la imponente custodia de Arfe, que cierra el solemne desfile.

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